Alfonso era un gran maquetista. Con paciencia y esmero, replicaba los edificios más relevantes de su ciudad, con un mimo exquisito, aprovechando su gran capacidad como carpintero. Cada maqueta le llevaba no menos de dos meses de arduo trabajo. Era un perfeccionista.

Después, le prendía fuego.

Así lo hizo con el Ayuntamiento de la ciudad.

De vuelta a casa, mientras veía las imágenes del incendio en la televisión, colocaba su maqueta del Ayuntamiento en el lugar reservado en la estantería de su cuarto de estar.

– Ha quedado preciosa, pensó en voz alta, mientras una sonrisa siniestra aparecía en su rostro.