Amina tenía quince años. A esa edad comienzan los primeros “tonteos” con los chicos, pero la férrea disciplina de su hogar bajo la estricta firmeza de Ahmad, su padre, le impedía cualquier contacto más allá del visual.

El protagonista de sus suspiros era  el joven Yasin, vecino de barrio e hijo de una familia humilde. Yasin era un chico sin apenas estudios, pero muy educado y trabajador.

Alto, de piel oscura, pelo rizado y un curioso hoyuelo en la barbilla, que le daba un atractivo especial.

Todas las mañanas Yasin acudía a trabajar al puesto de su padre y pasaba por delante de la casa de Amina. Una vez coincidieron en miradas, mientras Amina estaba colgando la ropa en la azotea. Ambos se fijaron en el otro y desde ese día, procuraban coincidir en ese momento de la mañana. Durante meses creció entre ellos una complicidad en la distancia que les permitió saludarse levemente con la mano.

Pero el destino quiso que el propio Yasin trajera a casa de Amina, un pedido de frutas y viandas de la tienda de su padre y cuando lo entraba en la cocina, apareció la joven  que no pudo articular palabra al verle, mientras Yasin le obsequió con una indisimulada sonrisa.

Si bien Habiba como madre y mujer, era consciente del leve escarceo de su hija, no podía apoyarla demasiado ante el temor de la reacción de su marido, pues sin duda lo consideraría una falta al decoro y al buen nombre de la familia.

A partir de ahí, la ilusión y la imaginación hicieron el resto fortaleciendo esa relación  visual, pero no por ello menos intensa entre ambos jóvenes.

Una mañana, meses después, llegó a casa una casamentera por encargo de la noble familia de Najma una mujer viuda de buena estirpe, cuyo marido había confraternizado mucho con Ahmad al punto de compartir incluso un negocio con él. Venía a pedir la mano de Amina y fue recibida con regocijo y buena disposición. Su hijo mayor Kazim era un excelente partido y heredero de los negocios de su padre. Sin duda sería un buen casamiento para la familia.

Ahmad se mostró entusiasmado pero Habiba fue algo más moderada. Era cierto que Kazim tenía más “posibles” que el humilde Yasin. Pero también era cierto que el corazón de su hija Amina estaba entregado al joven tendero. Tendría que convencer a su hija de que su futuro sería más plácido en un caso que en el otro. En eso Habiba tenía experiencia. No amaba a Ahmad cuando se desposó con él, pero con el tiempo fue aceptando la situación. Eso es lo que habría de sugerirle a su hija.

Cuando Amina conoció la decisión acordada por sus padres, fue incapaz de entender cualquier razonamiento y su llanto fue prolongado en tiempo y en dolor. Pero la joven no podía oponerse a la decisión de sus progenitores y solo pudo aceptar su destino, empapado por las lágrimas que derramó mucho tiempo.

Han pasado casi treinta años desde esta historia. Amina no fue demasiado feliz con Kazim. Vivieron en el norte del país y es cierto que no le faltó de nada. Kazim no era mal hombre, pero tenía unos arrebatos violentos para con ella y sus seis hijos.

Sin embargo, diez años antes Amina recuperó su sonrisa. Tal vez fuera el viaje que tuvo que hacer a su ciudad natal, cuando su madre enfermó. Fueron unas semanas en las que madre e hija hablaron y compartieron como nunca antes lo habían hecho.

Fueron unas semanas de nuevas experiencias, algunas muy esperadas.

Apenas un mes después de regresar del viaje, Amina confirmó el embarazo de su sexto hijo.

Resultó ser un niño al que pusieron de nombre Yasin, que hoy con diez años, con su piel oscura, su pelo rizado y su hoyuelo en la barbilla, ha podido devolverle a Amina su sonrisa, aunque haya sido una sonrisa tardía.