Al fin viernes. Sí, pero no tengo planes especiales dadas las circunstancias. Mi hijo lleva un par de semanas en casa de su novia y le entiendo, es lo que toca (supongo). Mi hija pulula entre mi casa y la de mi ex. Pero este fin de semana, va a estar con su prima. Son jóvenes cuidadosos y nos acabamos de hacer test de antígenos, cortesía del ayuntamiento. Además, mi hija como deportista pasa tests semanales.

Suena el teléfono. Es Elena, dice que quiere verme. Accedo y viene a casa a las 20h. Las cosas no van bien. Ha discutido seriamente con su actual pareja y eso ha repercutido también en otra discusión con su madre. Su situación es complicada. El ERTE la ha afectado. La escucho pacientemente, siempre he sido un buen “escuchador”. Me cuenta muchas cosas y circunstancias, incluso demasiados detalles.

Le digo de cenar algo, pero ella no quiere. Yo tengo hambre y saco la tortilla de patatas que acababa de hacer cuando llegó. Al final la convenzo para tomar algo y finalmente acepta. Siempre ha estado delgada, pero ahora más aún.

Seguimos hablando, pero a las 23:30h le advierto del toque de queda. Necesita veinte minutos para llegar a su casa. Entonces me mira y dos lagrimas le caen por las mejillas y me dice,

-No quiero volver ahora, estoy mal. ¿sería un problema para ti si duermo aquí?

-No en absoluto -contesto- pero piénsalo bien, no vaya a causarte problemas con …

– ¿Más problemas? -me interrumpe-

Y como en la canción de Sabina, nos dieron las doce, la una y las dos. Estamos cansados, pero hemos establecido una conversación sincera y abierta. Finalmente, cerca de las tres de la mañana decidimos irnos a dormir.

-Ya sabes que Almu no está – le digo – , puedes dormir en su cuarto…

La situación creada rompe todos mis moldes, pero el sueño finalmente me vence.

Para mi desgracia apenas a las ocho de la mañana me despierto. Ella sigue dormida profundamente. No quiero despertarla. Esperaré para preparar el desayuno.

Me quedo mirándola. Hace veintiocho años que nos conocemos. Tenemos un hijo y una hija que colman nuestra felicidad. Fuimos pareja, pero hace unos años decidimos darnos un tiempo y finalmente emprender caminos independientes. Y sin embargo, siento que la quiero, supongo que de una manera diferente.

Desayunamos juntos, parece más animada y eso me alegra. Se da una ducha reconfortante y se prepara para salir. Nos miramos.

-No le digas a los chicos que he dormido aquí, por favor. Y gracias, mil gracias por escucharme, por apoyarme y por permitirme quedarme en tu casa.

– ¿Y por algo más? -pregunto con gesto torcido-

– ¿Por qué…?

-Por la mejor tortilla de patatas del mundo.

Y por fin se ríe y veo como su semblante cambia y sus ojos verdes comienzan a brillar.

No iba a ser un fin de semana nada especial y, sin embargo, ha sucedido todo lo contrario.

La vida está llena de contradicciones y de paradojas. Supongo que así ha de ser.