Don Lisandro siempre caminaba altivo y mirando a los demás por encima del hombro, con su orgullo y vanidad desatados. En el pueblo ya sabían cómo era y le soportaban a duras penas. Su chulería era proverbial y conocida en toda la comarca.

Fue Balzac el que dijo que quiénes mostraban su vanidad, lo hacían porque no tenían otra cualidad que mostrar. Y fue Jacinto Benavente el que dijo que la vanidad siempre traicionaba a nuestra prudencia.

Y eso fue lo que debió suceder.

Tan altivo iba don Lisandro, tan concentrado en mirar por encima del hombro a sus vecinos, que no se dio cuenta del socavón, que el suelo había abierto tras las torrenciales tormentas de los últimos días y don Lisandro se fue directo al fondo del socavón.

Cuentan, que nadie escuchó sus gritos de socorro.

Lo cierto es que pocos días después el servicio de mantenimiento del ayuntamiento, rellenó el socavón con tierra de la comarca y una vez alisado, quedó el camino como nuevo.

Y cuentan también, que nadie echó de menos a don Lisandro…