Dígale agente, que la quise mucho, que allá donde vaya, nunca la olvidaré y que siempre estará en mi corazón y en mi alma.

El agente le miró sorprendido y le preguntó,

-Disculpe, pero ¿a quién debo decírselo?

-Por Dios -contestó el hombre- ¿Dónde tiene usted la sensibilidad?…

Y después de un suspiro, añadió…

-A ella, por supuesto.

Mientras con cara llorosa, señalaba la Harley que yacía destrozada sobre la cuneta.