La llegada del tío Carlos a casa era una fiesta para nosotros. Vivía en París y se dedicaba a la moda. Era simpático, cariñoso, algo excéntrico y nos traía unos regalos muy chulos. En casa siempre fue bien recibido. Su hermano -mi padre- le quería mucho y además Carlos siempre tuvo una bella relación de complicidad con mi madre.

Sin embargo, apenas se hablaba con mi tío Ramón, con el que mantenía una fría relación. Siempre me pareció curioso que entre hermanos hubiera tanta diferencia de trato, porque la tensión se mascaba en las reuniones familiares. 

Un hermoso día primaveral, tío Carlos vino a vernos, acompañado de un amigo llamado Didier, al que llamaba simplemente Didi. Y llegó el día en el que entendí lo que sucedía. Yo entonces era un chaval y fue mi hermano mayor el que me lo explicó, con la complicidad de mi madre.

Mi tío Carlos era homosexual y Didi era su pareja. En esos años, eso era un serio problema en España. Comprendí la importancia de que mi tío Carlos viniera a vernos acompañado. Y quise entender, sin éxito, los motivos por los que mi tío Ramón le despreciaba.

A lo largo de los años, he ido a París en varias ocasiones y siempre que podía, me quedaba en el pequeño  apartamento que Carlos y Didi tenían en el barrio latino de la capital. Fueron visitas de relajación vacacional, pero hubo una especial, en la que mi objetivo era despedirme de mi tío Carlos, cuyo cáncer avanzaba de manera definitiva.

Tanto él como Didier, querían que, llegado el momento final, no hubiera ceremonia, ni funeral, ni reunión familiar, simplemente una despedida íntima en la distancia, de cada uno de nosotros.

Hace dos años, me visitó Didier, estaba muy envejecido, no solo por el lógico paso de los años, sino también por la pérdida de Carlos, lo que fue un duro golpe. 

Entre todos intentamos que fueran unos días agradables, en los que nos esforzamos porque Didi se sintiera como en casa. 

El pasado 24 de enero, recibí un mensaje de WhatsApp desde su teléfono. Era un sobrino suyo que, en un castellano precario, me indicaba que Didier había ingresado en una residencia enfermo de Alzheimer.

Mi tío Carlos fue un pionero y Didier también.

A veces creo que a las generaciones jóvenes hay que recordarles, que hubo un tiempo en el que las libertades individuales y sociales no estaban aún conquistadas. Que hubo mucha gente que luchó por ellas. Y que no debemos olvidar su ejemplo y su legado.