-Me da tanta pena verle así…

Los tres hijos miraban a su padre tendido sobre la cama del hospital. La respiración entrecortada, el corazón débil y las constantes vitales por los suelos.

-Deberíamos planear lo del entierro, aunque papá prefería incineración ¿verdad?

-Yo llamo luego a la funeraria

Fue entonces cuando Irene, la hija exclamó

-Por favor, papá aún no ha fallecido, no podéis hablar como si no estuviera aquí

-¿Acaso crees que se entera de algo? -preguntó Marcos, el hermano pequeño- Yo creo que está más pallá que pacá, perdonad que os lo diga, suena duro, pero es la realidad y cuanto antes la asumamos mejor.

Julián -el mayor- se quedó pensativo

-Pero Irene tiene razón, no debemos hablar así. Un día leí que, incluso en estos estados, los enfermos mantienen la consciencia y se enteran de todo lo que pasa a su alrededor.

-Ya claro -replicó Marcos- y habrás leído que se tiran pedos, porque eso lo han dicho también. Por favor, papá no se entera de nada, esto está finiquitado y cuanto antes termine mejor.

Irene pegó un brinco

-Marcos no hables así de nuestro padre, ya se que va a palmar, pero acaso no ves que está aquí y me da lo mismo que se entere o no, es una cuestión de respeto.

-No va a salir de esta Irene -comentó Julián

De repente, algo captó su atención y los tres gritaron a la vez…

-Ehhhh ha movido la mano, os juro que ha movido la mano, dijo atropelladamente Irene, mientras sus hermanos asentían boquiabiertos…

Los tres se quedaron mirando, como los dedos de la mano derecha de su padre, se movían con una exasperante lentitud, como si quisiera señalar algo.

Y los tres se quedaron atónitos cuando el movimiento de los dedos fue tomando forma y vieron como su padre elevaba su dedo medio, mientras contraía los otros cuatro dedos y les obsequiaba con una perfecta peineta.


Nota: en contra de mi costumbre, no he incluido foto ni dibujo en este post, para no descubrir el desenlace 😉