-Papá, te presento a Quique…

Estaba avisado por mi hija de que me iba a presentar a su “chico”, un chaval alto, con buena pinta, estudiante de una de esas carreras audiovisuales nuevas que en mi época no existían. Estuvimos apenas unos minutos a solas, mientras mi hija preparaba un café en la cocina.

No me apetece ejercer de suegro, o de “padre de” … es más, me pone de los nervios pensarlo, dada mi mala experiencia con el que fuera mi suegro, con el que jamás hice buenas migas, dado su carácter autoritario. 

Bien es cierto, que las situaciones son muy distintas.

Por edad, pues soy doce años más joven respecto de la edad de mi suegro cuando me casé con su hija. Por el estilo de vida, tan diferente del de hace casi veintiocho años y también porque no sé cuando se casarán mis hijos, si es que se casan algún día.

En fin, volvamos al inicio, la conversación con Quique, fue ligera y muy agradable y al poco de irse, recibí una llamada de Elena mi ex, que sin mediar frases de saludo del tipo  ¿qué tal estás? o ¿cómo va tu dolor de espalda? comenzó su cuestionario a saco:

-¿Qué te ha parecido Quique? ¿es majo verdad? Es un chico muy serio, está serenando mucho a nuestra Almu, ¿habéis hablado? y ¿de qué? y …

-Gracias por preguntar como me encuentro -contesté con sorna- en cuanto al chico, la verdad es que me ha causado buena impresión, pero han sido apenas unos minutos.

Reflexioné antes de señalar que no iba a cometer con Quique, el error que cometió mi suegro, al juzgarme y peor aún al sentenciarme.

Y juntos Elena y yo, rememoramos ese encuentro, el día que conocí al que sería mi futuro suegro, el cual me dijo literalmente, la siguiente frase:

Muchacho, partimos de la base de que no me gustan las barbas, me producen una impresión de suciedad, así que espero que la próxima vez que nos veamos, vengas correctamente afeitado”.

Y claro, yo … no me afeité.

¡Que tiempos!