Emilio vivía en Sevilla. Era un hombre metódico y perfeccionista. No dejaba casi nada al azar. Esa tarde salió de la oficina en la que trabajaba como administrativo desde hacía quince años. Recogió su mesa sobre la que no dejó ni un papel y cerró su ordenador. Fichó y se fue a casa.

-Emilio, mañana tenemos partida a las cinco, no te olvides -le dijo un compañero-

Era costumbre jugar un mus los viernes por la tarde. Emilio hizo tan solo un gesto con la mano.

Ya en su barrio, Emilio aparcó el coche en su sitio habitual, que por suerte estaba libre. Camino a casa, pasó por el notario para recoger una documentación, entró en la ferretería para recoger unos apliques que había encargado la semana anterior y saludó a Justino, el portero de su casa.

Subió por la escalera como era su costumbre. Se detuvo en el tercero derecha, para interesarse por Manuel, un vecino que estaba recuperándose de un infarto. No pasó de la puerta pese a la invitación del hijo de Manuel. Le dio los apliques que se había comprometido a comprarle y le envió un abrazo en la distancia al vecino.

Una vez en casa, llamó por teléfono a su hija Sara, que vivía en Las Palmas. Hablaron unos minutos y le alegró saber que las cuestiones de trabajo le iban muy bien a su hija y a su pareja.

Después llamó a su hermano Juan, con el que había quedado en casa aproximadamente a las 21:00. Juan era su único hermano y tenía llave de la casa. Emilio le había pedido que llegara puntualmente y sin retraso a esa hora, antes de que llegara Maruja -su mujer- que los jueves solía ir al cine con las amigas.

Por último, se sentó delante del ordenador y abrió un fichero de Excel que fue revisando …

-A ver, notario y testamento si, seguro de vida si, saldos de cuentas corrientes actualizado si, documentación del fondo de inversión si, papeles para tramitar la pensión en la seguridad social si,  carta para Maruja y Sara …

Tras unos minutos de revisión y confirmación, se dirigió al cuarto, donde se dispuso a tomar una a una todas las pastillas del tranquilizante que le había recetado el médico. Había calculado que en media hora se quedaría sin conocimiento, por lo que su muerte no debería ser agónica.

De pronto sonó el móvil. Miró sin ánimo de contestar, pero resultó ser su hija Sara, así que atendió la llamada. 

-Papá, no he querido decírtelo antes, porque quería que estuviera también mamá, pero ya no puedo resistirme, así que te lo adelanto a ti, ¿preparado? ¡¡Vas a ser abuelo!!

Se hizo un silencio complejo de analizar, por lo que Sara insistió,

-Papá, ¿me has oído? ¿te das cuenta? ¿estás contento?

Por fin Emilio contestó,

-Estoy muy contento Sara, no sabes cómo me alegra esta noticia, estoy…impresionado y feliz. 

Cuando Emilio colgó el teléfono , apagó de inmediato el ordenador y guardó las pastillas de nuevo.

Y estalló en un llanto inconsolable.

Cuando vinieron primero Juan y luego Maruja, llamaron de nuevo a Las Palmas para hablar con su hija y con su yerno. Sara le dio la noticia a su madre y brindaron por el futuro nietecito o nietecita. 

Al día siguiente, viernes, Emilio inició su metódica rutina paso por paso y acudió a su trabajo con otro semblante, comió con sus compañeros y jugó su partida de mus.

De vuelta a casa, se detuvo en la floristería y compró una preciosa orquídea para Maruja y comenzó a fijarse en los escaparates de las tiendas de ropa de bebé.

Siempre tan metódico. Siempre tan preciso.