-Cari, ¿te apetece que vayamos bajo el árbol un ratito tu y yo?

Pedro me llamaba Cari y siempre que podía, aprovechaba para echarme los tejos. Yo lo tomaba como un cumplido. A sus ochenta y seis años y con la mente perdida la mitad del día, sus palabras eran casi un elogio.

Una tarde en la residencia de mayores donde trabajo, recibí una llamada interna. Era Loli de recepción. Al parecer había una mujer que quería ver a Pedro a toda costa. A pesar de que Loli le explicó que las visitas estaban prohibidas para quiénes no fueran familia directa, la mujer insistía, así que tuve que bajar como responsable de la planta.

La encontré sentada en un sillón y me presenté.

-Buenas tardes soy Almudena, creo que quiere ver a don Pedro S. pero como le ha explicado la recepcionista, las visitas son restringidas y solo se permiten a familiares directos.

-Si entiendo. Verá me llamo Rosa y soy…. bueno fui amiga de Pedro. Me gustaría verle, aunque fuera un minuto. He venido desde lejos para ello. Comprendo las restricciones, pero si usted pudiera permitirme que…

Acompañé a Rosa a la puerta. Por el rabillo del ojo, vi que dos lagrimas caían por sus mejillas y recordé que Pedro solo tenía la visita de su hija una vez al mes como mucho. Porque su hijo ni aparecía. Por lo que, ya fuera en el jardín, le dije,

-A ver doña Rosa, le propongo una cosa. Ve ese banco, al lado del olivo. Siéntese y le prometo que le bajaré a don Pedro en su hora de paseo, pero por desgracia eso no será hasta las seis de la tarde. ¿Quiere esperar o …?

-Esperaré -dijo Rosa con su cara iluminada.

Las nieves de enero y las lluvias posteriores habían dado paso a una primavera especialmente bella y florida. Puntualmente bajé con Pedro en su silla de ruedas y nos dirigimos al banco en el que se encontraba Rosa, que al vernos se incorporó lentamente.

Coloqué frenada la silla a una distancia prudente del banco y advertí a Rosa que no podría alejarme, pero ella lo comprendió. Fue entonces cuando me preguntó si podría quitarse la mascarilla, al menos un momento, para ver si Pedro la reconocía.

Eso estaba fuera de los límites de lo permisible, pero aprecio a don Pedro y decidí excederme permitiendo que Rosa se quitara la mascarilla, aunque solo fuera unos segundos.

Y Rosa se dirigió con ternura a Pedro,

-Pedro ¿me reconoces? Soy Rosa de La Coruña. He venido a verte – y le ofreció la mejor de sus sonrisas-

Pedro, la miró fijamente unos segundos y contestó,

-No sé quién es esta señora y prefiero que se marche, yo solo quiero estar con mi Cari un ratito a solas…

Explique a Rosa que Cari era como Pedro me llamaba a mí y le dije que sentía que no la hubiera reconocido, pero que no podía hacer más y que en cumplimiento de las normas de visita, era mejor que se marchara.

En la puerta de salida a la calle, charlamos brevemente

-Almudena, quería pedirle un favor, si es usted tan amable. Le voy a dar mi número de teléfono. Y si le pasara algo a Pedro, por favor ¿podría llamarme?

-Claro Rosa, por eso no se preocupe. Yo también tengo una pregunta y disculpe si la considera una intromisión. A Pedro solo le visita de vez en cuando, su hija. ¿Qué relación tiene usted con él?

Rosa se quedó pensativa y me dijo,

-Pedro y yo fuimos amantes durante nada menos que treinta años. Yo vivía en La Coruña y Pedro en Madrid, pero viajaba con frecuencia a Galicia porque era directivo del Banco Pastor. Fueron años complicados, pero a la vez felices. Él estaba casado y yo también. Ninguno de los dos fuimos capaces de actuar y dar rienda suelta a nuestros corazones. Pero Pedro ha sido el amor de mi vida. Hace poco gracias a mi nieto, contacté con la hija de Pedro a través del “feisbuc” ese. Yo no uso esas cosas, pero mi nieto sí y me prometió que intentaría localizarla y entonces fue cuando me enteré de que Pedro estaba aquí. Sentí que quería verle por última vez aunque ya no me reconociera. Y créame, Almudena, me voy feliz y jamás podré agradecerle que se haya saltado las normas para darme esta oportunidad.

Me emocionó la historia, pero pronto tuve que regresar a mis ocupaciones y me despedí de Rosa, para después agendar el teléfono de esa mujer que había hecho setecientos kilómetros por amor.

Cuando me acerqué a Pedro, le vi con la vista perdida y los ojos enrojecidos. Estaba murmurando algo, pero era difícil de entender. No quise quitarle de sus pensamientos, pero me acerqué a él y entonces entendí nítidamente lo que murmuraba:

-Rosa, Rosa, Rosa, Rosa …

De pronto dio un respingo sobre la silla de ruedas y me miró con su mirada traviesa y me dijo:

-Cari, ¿te apetece que vayamos bajo el árbol un ratito tu y yo?