El profesor Lerwick definía los algoritmos como un grupo finito de operaciones organizadas de manera lógica y ordenada para solucionar un determinado problema. 

Y así lo explicaba en las universidades y escuelas de negocio, a través de unas charlas entre el interés, incluso aplausos, de un público enfervorizado, aunque en la mayoría de los casos, no comprendieran bien el concepto.

Convencido de que ese ordenamiento secuencial de los procesos disminuía el rango posible de errores, lo aplicaba a todo suceso o previsión fuese económico, tecnológico, o en general a cualquier ámbito humano, poniendo algunos ejemplos mundanos incluso divertidos sobre algoritmos aplicados a las relaciones sociales, personales, incluso sexuales, etcétera.

Tan ensimismado estaba Lerwick en su cerebro algorítmico, que cuando salió del restaurante donde le obsequiaron con una opípara cena, no se percató de que el semáforo estaba aún en rojo para los peatones puesto que la secuencia nocturna difería de la diurna en 20 segundos y de que el autobús de las 22:43 llevaba un retraso de 6 minutos y 12 segundos.

El golpe fue tremendo.

Una de las personas que le atendió, explicó a la policía, que justo antes de perder el conocimiento, Lerwick dijo:

-Mierda, esto es lo que se llama un sesgo algorítmico.

A lo que esa persona le respondió:

-Yo creo más bien, que usted ha cruzado la calle sin mirar.

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