Poco antes de que los domingos fueran amargos, los tres hermanos disfrutaban de las comidas familiares reunidos en torno al padre. La madre había fallecido seis años antes y comer con el padre en domingo, se había convertido en un cariñoso ritual.

Las reuniones eran apacibles y tranquilas. Hasta que llegó el triste día del fallecimiento del progenitor.

El padre, curtido trabajador desde los dieciocho años, había formado un buen patrimonio, que los hijos intuían que recibirían a partes iguales, ya que en alguna conversación ocasional, el padre siempre previsor, había comentado que no haría distinciones entre los hijos, en el testamento.

En la primera comida sin él, los hijos hicieron una estimación previa de los bienes de su padre: el piso de Zaragoza, el apartamento de Jávea, varias plazas de garaje e inversiones en Fondos, si bien estas últimas estaban pendientes de cuantificar.

Unos días antes de la lectura del testamento en la notaría, el abogado del padre, pidió reunirse previamente con ellos, en su despacho.

Tras escuchar al abogado, se hizo el más absoluto silencio. Se podían oír las respiraciones agitadas de los hijos.

Entre caras de pavor y muecas de sorpresa, solo Diego, el mayor de los hermanos atinó a preguntar, después de soltar varios improperios y alguna blasfemia,

-¿Alguien sabía que papá tenía cuatro hijos más?


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