La fiesta

La fiesta sorpresa fue muy divertida. Y a mi madre le hizo mucha ilusión, reunir a sus amistades antiguas con las actuales, a la familia y a algunos compañeros de trabajo. Era su sesenta cumpleaños y la fiesta se prolongó hasta las cuatro de la mañana. Tengo que reconocer que fue un éxito.

Decidí recoger al día siguiente. Porque la fiesta fue en mi casa, precisamente para que mi madre no sospechara nada.

Me iba a acostar, cuando me pareció oír un ruido en la cocina. Y cuando entré me llevé la sorpresa de encontrarme a un hombre de unos sesenta años, tomando un vaso de leche. Le reconocí como uno de los invitados a la fiesta.

-Perdone, pero ¿qué hace aquí? Todos los invitados se han marchado.

-Ahhh disculpe, soy Sergio, fui compañero de clase de su madre, por cierto, una fiesta magnífica. Verá es que no tengo donde dormir. Estoy atravesando una mala racha y no quería que mis antiguos camaradas supieran de mi situación, que me avergüenza. Acudí a la fiesta de su madre, a la que siempre he tenido en alta estima, cuando me encontré a un amigo común y … bueno, no voy a extenderme, el caso es que quería preguntarle si podría pasar la noche aquí, si no es molestia. Mañana a primera hora me marcharé, se lo prometo. Soy pobre, pero soy hombre de palabra.

-Verá Sergio, vivo sola en esta casa y me incomoda mucho esta situación, como usted podrá comprender. No obstante, en honor a la amistad que tiene con mi madre, quédese en el sofá esta noche, pero mañana se marchará, sí o sí. Le recuerdo que, si noto cualquier movimiento extraño, llamaré a la policía, si conoce tanto a mi madre sabrá que mi hermano trabaja en la comisaría.

A la mañana siguiente, sábado, me desperté con un delicioso olor a desayuno. Sergio había preparado café, zumo, huevos revueltos y tostadas con mermelada. Estaba todo dispuesto en una bandeja sobre la que había una nota, que decía, “la he oído levantarse, aproveche y desayune rápido, está todo recién hecho”.

Sorprendida por el desayuno, me di cuenta de que la cocina estaba sospechosamente arreglada, incluso Sergio había puesto el lavaplatos y cuando entré en el salón, comprobé que estaba totalmente recogido. Sobre la mesa otra nota: “falta pasar el aspirador, si me permite, eso lo haré más tarde, ya que no he querido molestarla con el ruido. Estoy fuera en el jardín, podando las plantas de cara al inminente invierno, para que en primavera florezcan más y mejor”.

Han pasado dos años y ya estoy totalmente acostumbrada a la presencia siempre discreta de Sergio. Le habilité un cuarto al lado de la cocina, donde duerme. Me hace las labores de la casa, cuida el jardín, es un fantástico cocinero y un auténtico manitas. Le advertí que no podía pagarle mucho, pero me dijo que le bastaba con poder comer y dormir, que con eso se sentiría felizmente pagado. Una vez al mes, le doy una pequeña cantidad para sus cosas, pero apenas sale de casa, salvo para hacer la compra.

Creí que la presencia de Sergio sería un problema cuando conociera a algún hombre interesante, pero me equivocaba. Si bien es difícil explicar que vivo con un señor de sesenta años, cuando se lo conté a Iván, se quedó muy sorprendido y tanto más, cuando vinimos a cenar a casa y Sergio nos había preparado una cena extraordinaria en el comedor. Su discreción fue absoluta y no permitió ni que recogiéramos la mesa.

-Este tipo es un chollo, exclamó Iván.

Me quedé pensativa y añadí…

-Pues sí, un auténtico chollo…

Quirófano

-¿Qué tenemos?

-Varón 50 años, una bala alojada en el estómago. Ha perdido mucha sangre. Respuesta positiva a RCP. Pulso muy débil.

Han pasado cuatro horas. La intervención fue muy delicada, pero ahora el paciente está en la UCI y las perspectivas de que salga adelante son optimistas.

El doctor Guzmán, jefe de cirugía, comenta…

-Buen trabajo Luis, como siempre.

-Todo el equipo ha hecho un gran trabajo. El paciente saldrá adelante.

-Por cierto ¿sabes quién es?

-Bueno… en realidad si lo sé, pero no ha sido relevante.

-Comprendo que a veces es difícil trabajar así.

-Es nuestro trabajo. No debemos cuestionarnos nada. No somos jueces ni verdugos.

-Pues le has salvado la vida.

-Por supuesto y espero que se recupere perfectamente. Así podrá afrontar el juicio por violación y asesinato. Eso me ha animado a hacerlo lo mejor posible. Si al final ha de pagar por sus acciones que sea en la cárcel, pero no en mi quirófano.

Scarlett

User:Sono pazzi, CC BY-SA 3.0 http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/, via Wikimedia Commons

Últimamente tengo sueños con una tal Scarlett. Pero no conozco a nadie con ese nombre. Bueno, sí claro a la actriz Scarlett Johansson. Pero la Scarlett de mis sueños es morena de pelo rizado y piel algo oscura, vamos que no es la actriz.

Una vez leí que a veces uno tiene sueños recurrentes con otra persona, incluso es probable que esa otra persona esté soñando a su vez conmigo.

Scarlett es un nombre especial, pero también lo es el mío, Edelmiro, aunque no quede tan chulo.

Esa mañana bajé al Ahorra Más a hacer la compra. Al terminar y una vez en la caja, comencé a dejar las cosas sobre la bandeja cuando me fijé en la placa con el nombre, que la cajera tenía en la camisa.

Y su nombre era Escarlata. No podía creerlo, ¿Qué más da que fuera en español en vez de Scarlett? ¿Sería posible que esa mujer fuera la musa de mis sueños? Así que le pregunté temblando:

-Disculpa Escarlata, tienes un nombre muy bonito. ¿Tú -ejem- sueles soñar mientras estás dormida?

La chica sin duda acostumbrada a todo tipo de clientes pesados me obsequió con una sonrisa y me dijo:

-Yo duermo de maravilla, pero no recuerdo nunca mis sueños.

Me disponía a pagar cuando le pregunté,

-¿Y por casualidad, no sé… no hay ningún nombre masculino que te recuerde algún sueño?

-Déjeme pensar, por ejemplo ¿Edelmiro? -preguntó la chica

Puse los ojos como platos, casi hiperventilo, era ella, la Scarlett de mis sueños y yo era el Edelmiro de sus sueños. La había encontrado, mejor aún, nos habíamos encontrado…

-Sabes mi nombre -le dije- ¿te das cuenta de lo que eso significa? estamos unidos por nuestros sueños.

Escarlata con una expresión en su cara mezcla de sorpresa y de guasa, añadió,

-¿Cómo no voy a saber su nombre si lo pone bien claro en la tarjeta de crédito con la que me acaba de pagar? Edelmiro …

Por unos tensos segundos, no supe que decir, ni supe dónde meterme. Rojo como un tomate, recogí mis bolsas y con una mueca de despedida, salí discretamente del supermercado, como quién no quiere la cosa. 

Estudios

Nunca es tarde para estudiar.

Por desgracia no pude ir a la universidad de joven porque era necesario que trabajara para aportar en casa. Mi madre estaba enferma, tenía cinco hermanos y mi padre estaba desaparecido.

No me quejo, no me ha ido mal del todo. Conseguí suficiente dinero para dar mejor vida a mi madre y educación a mis hermanos.

A cambio eso sí, de una vida abnegada, de un trabajo fijo, pero un tanto voluble, sin riesgo de despido, pero con otro tipo de riesgos.

Porque he sido y soy delincuente.

De guante blanco eso sí. Aunque a veces de guante “menos blanco”, eso es porque me siento muy presionado y algún par de hostias se me han escapado, pero que conste que para mí el respeto a la persona es lo primero.

Y ahora, a mis años, voy a estudiar por fin en la Universidad.

Creo que cada trabajador, debe intentar mejorar en lo suyo y por eso, en aras a aumentar mi productividad y por supuesto para pulir las estrategias propias de mi negocio, he comenzado a estudiar Criminología.

Y no es por nada, pero en el primer cuatrimestre he aprobado todas las asignaturas.

Bueno, en verdad todas menos dos, pero invité a ambos profesores a dar una vuelta por el campus y en apenas unos minutos conseguí “convencerles” para que me subieran un punto de nada, cada uno.

Estoy deseando aplicar los nuevos conocimientos a mi profesión.

Rutina

Llevábamos dos meses en esa isla perdida del mundo.

Solo teníamos unos pocos utensilios de cocina, algo de ropa y la navaja suiza multiusos.

Nos alimentábamos de cocos y frutos tropicales. Pronto aprendimos a pescar, incluso con paciencia aprendimos a hacer fuego.

Con el tiempo preparamos una cabaña con un techo bien firme para las lluvias que azotaban por las tardes. Hicimos un lecho con ramas y construimos dos especies de butacas, en las que nos sentábamos para ver unas preciosas puestas de sol.

Al cabo de seis meses, nos habíamos habituado al estilo de vida, habíamos variado nuestra dieta a la que añadimos algunos reptiles que una vez asados sabían parecido al pollo.

Conseguíamos el agua dulce de la lluvia y disfrutábamos de una vida sencilla y natural. Por las noches nos acurrucábamos juntos para compartir la ilusión de ver esos miles de ojos brillantes que nos miraban en forma de bellísimas estrellas.

Llevábamos un año en la isla, cuando una mañana divisamos un buque en la lejanía.

Tal vez si encendiéramos un gran fuego, podrían ver el humo y vendrían al rescate…

Alborozados nos pusimos a la labor, por fin, volver a la vida, a la ciudad, a la rutina, a la familia, al barrio, a los vecinos, al horario, al trabajo, a la gente…

Entonces nos miramos fijamente a los ojos y reaccionamos con rapidez.

Apagamos de inmediato el incipiente fuego que estábamos encendiendo.

Decidimos que no había mejor rutina que la de nuestra isla.

Los números

Al cabo de unos meses, Laura y yo decidimos irnos a vivir juntos. Fue una decisión meditada, pues ambos veníamos de relaciones fallidas y eso siempre da una responsabilidad añadida.

Laura hablaba en sueños por las noches. La verdad es que no entendía lo que decía. Tampoco me preocupé, entre otras cosas, porque yo ronco así que, estábamos empatados.

Pero poco a poco comencé a sentir curiosidad por lo que le pasaba. Una noche agudicé el oído y me di cuenta de que hablaba en algo parecido al alemán. Yo apenas “chapurreo” cuatro cosas básicas en ese idioma, por lo que no entendí prácticamente nada.

A la mañana siguiente, le pregunté si hablaba alemán, o si tenía algún antepasado de ese país, pues me constaba que sus padres eran andaluces. Me contestó que no tenía ni idea de alemán, es más, era un tanto negada para los idiomas.

No quise mencionar mi descubrimiento nocturno, pero todo ello me inquietó bastante, por lo que decidí grabar una noche sus mensajes en alemán, con la idea de llevárselos a mi amigo Adrián que trabajaba en una multinacional de esa nacionalidad y se manejaba con soltura en dicho idioma.

Cuando pulsé el botón para reproducir lo grabado, me fijé en la cara de Adrián y como poco a poco le iba cambiando el semblante. La grabación era corta y a trozos. Adrián la escucho detenidamente varias veces. Se trataba de frases con números aparentemente inconexos.

Entonces, me preguntó de cuando era la grabación y le dije que del domingo de la semana anterior. Adrián tenía una extraña corazonada. Inmediatamente tomó su móvil y buscó los números de la combinación del euromillón del viernes siguiente, es decir cinco días después del sueño. Su cara cambió por completo, quedándose boquiabierto cuando comprobó que los números premiados, eran exactamente los que había soñado Laura cinco días antes, si bien a través de frases sin mucho sentido: “tenemos 15 grados, hoy es día 29, la matrícula de tu coche empieza por 3 y termina por 8, forman el 38, tienes 48 años …

Sorprendido por semejante descubrimiento, me dispuse a grabar a diario a Laura y a apostar al euromillón. Para ello pacté con Adrián que caso de tocarnos el premio, iríamos “a pachas”. Así estuvimos jugando casi un año sin ningún éxito, salvo un mínimo reintegro.

Pero una tarde, en el convite por la boda de un amigo común, Adrián, con tres copas encima, se sinceró y me dijo que lo de los números del euromillón, era una bola que se había inventado, una broma que comenzó como tal, pero que se transformó en una bola de nieve, cada vez mayor y como yo me lo tomé tan en serio, no sabía cómo confesarme la verdad.

Las frases de Laura no eran ni siquiera en alemán, sino más bien palabras aleatorias, inconexas y sin significado alguno, y él a la vista de mi entusiasmo, las cambiaba por números que se inventaba, de una hipotética combinación de euromillones.

Mi enfado fue monumental, le mandé a paseo y salí a respirar fuera del restaurante.

-Increíble, pensé- Adrián es un cabrón pero yo soy un solemne gilipollas. Cagoen…

En mi cartera tenía los números de la última “traducción” de Adrián. Iba a tirarlos cuando vi que en la esquina había un local de apuestas. Con enormes dudas y reconociendo mi absoluta estupidez, me acerqué y aposté un boleto con esa combinación, sería la última vez.

A los pocos días la televisión local informó de que en nuestra ciudad se había validado el único boleto ganador de euromillones, nada menos que 15 millones de euros. Con desánimo comprobé mi boleto y sufrí una taquicardia al comprobar que era el premiado.

En fin, esta es la historia que quería contaros, os aseguro que es verídica y ahora permitidme que os deje. Voy a salir con el yate a mi paseo matutino hacia la costa, desde la isla privada que adquirí hace unos meses. Es lo que tiene vivir en las Bahamas.

Pd: sigo con Laura que por supuesto, es mi gran amor. De Adrián nunca supe más. Ni falta que hace. Que le den.

Sacrificio

Marisa acude todas las tardes al centro donde se encuentra su marido en coma. Así durante cuatro años.

Tiene remordimientos, porque era ella la que conducía el coche, el fatídico día en que un tractor se cruzó en su camino cuando se dirigían al pueblo por la CL-526. Marisa tardó en reaccionar y el coche golpeó con fuerza al tractor por el lado del acompañante. Gabriel está en coma desde entonces.

Marisa se castiga pensando que, si hubiera reaccionado antes, tal vez hubiera podido esquivar al tractor. Las cicatrices en cara y brazos y una leve cojera, le recuerdan lo sucedido al detalle.

Familiares y amigos piensan que ella es un ejemplo de esposa devota y sacrificada.

Han pasado cuatro largos años y Marisa comprueba que lo que antes era culpabilidad y pena hacia su marido, se están comenzando a convertir en resentimiento, llegando a pensar que el propio infortunio de su marido se ha convertido en un acto de venganza de él hacia ella por sobrevivir al accidente.

Piensa que Gabriel no se muere en venganza, “porque me odia y porque me responsabiliza de su estado”.

Y aparecen las dudas, sean razonables o no.

Y es que, en lo más profundo de su alma, Marisa cree recordar, que no hizo nada por evitar el accidente, al contrario, ladeó el coche y aceleró a fondo provocando el choque por el lado derecho del vehículo.

Comienza a anochecer. Todo es confuso. Marisa se asoma a la ventana de la habitación, suspira, mira a Gabriel y piensa en voz alta,

-Algún día cobraré el seguro de vida…

TME

En la barra del bar. A la derecha un hombre pide.

-Por favor, me pone un café con leche y un croissant a la plancha

– ¿De qué quiere la mermelada señor?

-Pues mejor de fresa si tiene, gracias y ¿podría traerme un vasito de agua, por favor?

-Faltaría más, señor.

En la barra del bar. A la izquierda un hombre pide.

-Eh tú, pasmao, que pasa ¿que no me oyes o qué?

-Disculpe señor, dígame

-A ver chaval, ponme un café con leche y un croissant y me das mermelada pero ni se te ocurra traerme mermelada de naranja, que te la meto por donde sea, has entendido y rapidito, que no puedo perder la mañana, joder. Ah y tráeme un vaso de agua también, venga muévete…”brase visto”…

En la barra del bar. A la derecha un hombre paga.

-Por favor ¿Qué le debo?

-Son 3 € señor

El hombre paga y deja cincuenta céntimos de propina.

En la barra del bar. A la izquierda un hombre paga.

-Eh tú figura, si tú, no me oyes joder, ¿que te debo?

-Son 5 € señor

– ¿Cómo que cinco euros, si he tomado lo mismo que el pringao que estaba aquí y a él le has cobrado tres euros ?

-Es por la tasa señor

– ¿Qué tasa ni que cojones?

Es la TME o Tasa de Mala Educación que aplicamos a clientes tan desagradables como usted.

– ¿Me estás tomando el pelo, listillo? ¿sabes qué? Ni tasa, ni café, ni hostias, que te den.

En ese momento, el camarero chasquea los dedos y de la mesa del fondo sale un armario de metro noventa y ciento treinta kilos de peso.

-Dmitri, por favor, parece que el señor no quiere pagar.

Entonces Dmitri agarra del pescuezo al cliente y con cara de pocos amigos le reclama el dinero y es en ese momento cuando….

Ehhhh Miguelito, atento que hay clientes en la barra….

Uyyyy disculpe don Gonzalo, es que estaba pensando en mis cosas.

Don Gonzalo le miró con su cara bonachona y le dijo:

-A juzgar por tu sonrisa, me imagino en que estarías pensando, bribón.

Y Miguelito respondió,

-No don Gonzalo, no creo que se imagine lo que se me estaba pasando por la cabeza.

¡¡Marchando dos cafés con leche, una de churros, pincho de tortilla y zumo de naranja!!

Por fin es viernes

Suena el despertador y la suave melodía me obliga a abrir los ojos, mientras una tenue luz se desliza por la mesilla. De repente, una voz sensual pero a la vez contundente me informa de la situación:

-Buenos días Carlos, has dormido bastante bien a juzgar por tus constantes de seguimiento de sueño que he parametrizado, aunque a las 03:22 has tenido un leve episodio de apnea. Hoy es viernes 23 de abril y el día está lluvioso, con una temperatura de 6 grados en este momento. Llegaremos a los 16 como máxima.

Te comunico que una vez procedas a las labores de evacuación y aseo de tu cuerpo, tendrás preparado en la cocina, tu desayuno, que hoy consistirá en, zumo de naranja, tostada con miel, un kiwi y café descafeinado con sacarina. Por favor, no dejes la fruta, es conveniente para tu salud.

Para evitar lo que sucedió el lunes, cuando te preparaste unos huevos con bacon, he bloqueado la placa de inducción. Es por tu bien. Al lado del zumo tienes tu pastilla para la tensión, junto a un ibuprofeno por si acaso.

En cuanto a tu ropa, hoy te propongo traje azul, con camisa rosa pálido y corbata granate. Calzoncillo boxer oscuro y calcetines “ejecutivo” negros. Zapatos y cinturón negros.

Te he recargado todos tus dispositivos, móvil, tablet y ordenador.

He hecho el pedido al supermercado y al contenido habitual, he añadido extra de fruta y una lubina para mañana. Tendrás verduras frescas para acompañar. Mantengo la alerta frente a grasas y bollería en tanto no bajes los 6 kilos que te sobran. Pese a ello, tengo una buena noticia, como se acerca el fin de semana, te he pedido dos cervezas Voll Damm de las que te gustan…. de nada.

Aparte de las cuestiones profesionales en las que no te gusta que me interfiera, te recuerdo que debes llamar a tu hermana Amelia por su cumpleaños y a tu amigo Miguel Angel deseándole una pronta recuperación de la intervención de rodilla. Y no olvides que a las 17:00 tienes sesión con la psicóloga.

Para terminar, me permito dos licencias. La primera es enviar un ramo de rosas rojas a tu madre dado su estado un tanto depresivo. De hecho, ya las he encargado en la floristería y he pagado con PayPal.

Y la segunda, pero no por ello menos importante, he analizado las constantes vitales y hormonales de Verónica relacionadas con su ciclo, en concreto sus alteraciones en estrógenos y tras el exhaustivo seguimiento diario que hago a las tuyas, puedo confirmarte que esta noche, sería un momento apropiado para que mantuvieras relaciones sexuales con ella, preferiblemente en el tramo entre las 20:45 horas y las 23:00 horas, en función de tu estabilidad cardíaca y emocional.

Es todo, que tengas un buen viernes y sonríe, que se acerca el fin de semana.

Cari

-Cari, ¿te apetece que vayamos bajo el árbol un ratito tu y yo?

Pedro me llamaba Cari y siempre que podía, aprovechaba para echarme los tejos. Yo lo tomaba como un cumplido. A sus ochenta y seis años y con la mente perdida la mitad del día, sus palabras eran casi un elogio.

Una tarde en la residencia de mayores donde trabajo, recibí una llamada interna. Era Loli de recepción. Al parecer había una mujer que quería ver a Pedro a toda costa. A pesar de que Loli le explicó que las visitas estaban prohibidas para quiénes no fueran familia directa, la mujer insistía, así que tuve que bajar como responsable de la planta.

La encontré sentada en un sillón y me presenté.

-Buenas tardes soy Almudena, creo que quiere ver a don Pedro S. pero como le ha explicado la recepcionista, las visitas son restringidas y solo se permiten a familiares directos.

-Si entiendo. Verá me llamo Rosa y soy…. bueno fui amiga de Pedro. Me gustaría verle, aunque fuera un minuto. He venido desde lejos para ello. Comprendo las restricciones, pero si usted pudiera permitirme que…

Acompañé a Rosa a la puerta. Por el rabillo del ojo, vi que dos lagrimas caían por sus mejillas y recordé que Pedro solo tenía la visita de su hija una vez al mes como mucho. Porque su hijo ni aparecía. Por lo que, ya fuera en el jardín, le dije,

-A ver doña Rosa, le propongo una cosa. Ve ese banco, al lado del olivo. Siéntese y le prometo que le bajaré a don Pedro en su hora de paseo, pero por desgracia eso no será hasta las seis de la tarde. ¿Quiere esperar o …?

-Esperaré -dijo Rosa con su cara iluminada.

Las nieves de enero y las lluvias posteriores habían dado paso a una primavera especialmente bella y florida. Puntualmente bajé con Pedro en su silla de ruedas y nos dirigimos al banco en el que se encontraba Rosa, que al vernos se incorporó lentamente.

Coloqué frenada la silla a una distancia prudente del banco y advertí a Rosa que no podría alejarme, pero ella lo comprendió. Fue entonces cuando me preguntó si podría quitarse la mascarilla, al menos un momento, para ver si Pedro la reconocía.

Eso estaba fuera de los límites de lo permisible, pero aprecio a don Pedro y decidí excederme permitiendo que Rosa se quitara la mascarilla, aunque solo fuera unos segundos.

Y Rosa se dirigió con ternura a Pedro,

-Pedro ¿me reconoces? Soy Rosa de La Coruña. He venido a verte – y le ofreció la mejor de sus sonrisas-

Pedro, la miró fijamente unos segundos y contestó,

-No sé quién es esta señora y prefiero que se marche, yo solo quiero estar con mi Cari un ratito a solas…

Explique a Rosa que Cari era como Pedro me llamaba a mí y le dije que sentía que no la hubiera reconocido, pero que no podía hacer más y que en cumplimiento de las normas de visita, era mejor que se marchara.

En la puerta de salida a la calle, charlamos brevemente

-Almudena, quería pedirle un favor, si es usted tan amable. Le voy a dar mi número de teléfono. Y si le pasara algo a Pedro, por favor ¿podría llamarme?

-Claro Rosa, por eso no se preocupe. Yo también tengo una pregunta y disculpe si la considera una intromisión. A Pedro solo le visita de vez en cuando, su hija. ¿Qué relación tiene usted con él?

Rosa se quedó pensativa y me dijo,

-Pedro y yo fuimos amantes durante nada menos que treinta años. Yo vivía en La Coruña y Pedro en Madrid, pero viajaba con frecuencia a Galicia porque era directivo del Banco Pastor. Fueron años complicados, pero a la vez felices. Él estaba casado y yo también. Ninguno de los dos fuimos capaces de actuar y dar rienda suelta a nuestros corazones. Pero Pedro ha sido el amor de mi vida. Hace poco gracias a mi nieto, contacté con la hija de Pedro a través del “feisbuc” ese. Yo no uso esas cosas, pero mi nieto sí y me prometió que intentaría localizarla y entonces fue cuando me enteré de que Pedro estaba aquí. Sentí que quería verle por última vez aunque ya no me reconociera. Y créame, Almudena, me voy feliz y jamás podré agradecerle que se haya saltado las normas para darme esta oportunidad.

Me emocionó la historia, pero pronto tuve que regresar a mis ocupaciones y me despedí de Rosa, para después agendar el teléfono de esa mujer que había hecho setecientos kilómetros por amor.

Cuando me acerqué a Pedro, le vi con la vista perdida y los ojos enrojecidos. Estaba murmurando algo, pero era difícil de entender. No quise quitarle de sus pensamientos, pero me acerqué a él y entonces entendí nítidamente lo que murmuraba:

-Rosa, Rosa, Rosa, Rosa …

De pronto dio un respingo sobre la silla de ruedas y me miró con su mirada traviesa y me dijo:

-Cari, ¿te apetece que vayamos bajo el árbol un ratito tu y yo?