Velatorio

La muerte de Juan no fue una sorpresa y llenó al grupo de un dolor sincero y sentido. En el velatorio, unos amigos recordaron algunas anécdotas del difunto, persona de un enorme sentido del humor.

Y poco a poco, las muecas de dolor dieron paso a muecas neutras y éstas a su vez dieron paso a muecas de sonrisa y éstas a su vez dieron paso a unas tímidas risas.

Una mujer se acercó al grupo y les recriminó lo que ella consideró como una falta de respeto al difunto, a lo que Luis, uno de los mejores amigos de Juan, le dijo a la mujer con delicadeza y cariño, no exento de convicción, que no le estaban faltando el respeto a nadie y que solamente recordaban a su amigo a través de vivencias y anécdotas cargadas del sentido del humor del que Juan siempre hizo gala y que les parecía la mejor manera de recordarle en esos momentos tan difíciles, añadiendo que la existencia de risas era compatible con las lágrimas.

La mujer se quedó compungida y no dijo nada, sentándose a apenas unos metros de ellos. Los amigos de Juan siguieron recordándole, aunque con más discreción para no herir alguna sensibilidad.

Al poco rato y aunque nadie vio con claridad a la mujer porque se tapaba con las manos, se deslizó en su propia cara una sonrisa tan contundente como discreta, mientras escuchaba algunas de las divertidas vivencias compartidas con el difunto contadas por sus amigos.

Ya lo dijo Nietzsche, “la potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”.

 

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Amistades

A cierta edad, sucede que evolucionamos en distintos ámbitos. Lo que antes era de una manera ahora, es de otra y por desgracia (o suerte) hay personas que ya no encajan en esa nueva perspectiva. A cambio otras aparecerán en nuestra vida cuando menos lo pensemos. No nos pasa nada que sea verdaderamente extraño.

Y de entre todas esas personas, las hay que se mantienen a flote pese al paso de vicisitudes de todo tipo. Las hay que te explican pero no te juzgan. Esas personas que sobreviven a nuestra rareza, a nuestro ímpetu en ocasiones desfasado, a nuestro carácter a veces agriado, esas personas decía… son realmente nuestros amigos.

Hay que cuidarlos mucho.

La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido” Rabindranath Tagore

Prejuicios

No me gusta mucho defender a acusados de asesinatos, pero debo ser profesional y trabajar por demostrar su inocencia.

El ogro Manuel como le llamaban, era el presunto asesino de cuatro adolescentes a través de una rutina premeditada y cruel, aunque él siempre se había declarado inocente. Tras un proceso largo y complejo, conseguí demostrar que las pruebas presentadas tenían defectos de forma que hicieron que una a una se fueran cayendo.

En realidad no me siento responsable de su absolución, porque la fiscalía y la policía se precipitaron tanto en sus acciones que cometieron errores de calibre y yo me limité a hacer profesionalmente mi trabajo.

Al salir del palacio de justicia, el padre de una de las víctimas se abalanzó contra Manuel al que asestó varias puñaladas, una de ellas mortal.

Los periódicos sensacionalistas hablaron de cierta justicia moral, mostrando incluso alguna simpatía por el asesino de Manuel.

Solo cuando una semana después apareció el cadáver del quinto joven asesinado siguiendo exactamente y paso a paso la misma rutina de los anteriores, la prensa silenció su voz y yo comprendí que la justicia legal, moral, humana o divina, jamás sería totalmente perfecta.

Nadie

Nadie la escuchó y menos aún la creyó.

Nadie la ayudó y menos aún la aconsejó.

Tan solo una amiga le mostró comprensión, ante la avalancha de dudas sobre su persona que algunos vertieron.

Y ahora en la plaza del pueblo se reúnen el alcalde, los concejales y una muchedumbre para guardar una minuto de silencio en su memoria, mientras la televisión local retransmite el evento.

¡¡Hipócritas!!

Conexiones

Hace unos días estaba viendo una exposición de arte contemporáneo cuando leí la reseña de un autor en la que decía, que exponía sus obras de manera desnuda y descarnada, exponiendo sus intimidades, como hacen día a día muchas personas en las redes sociales, con la intención de presenciar las reacciones y opiniones de las personas que lo están viendo.

Me pregunto si puede un objeto transmitir las emociones que el autor ha intentado plasmar. Y la respuesta es sin la menor duda, un sí rotundo.

Me hago la misma pregunta respecto del contenido que publicamos en las redes sociales y sin embargo me asaltan muchas dudas. No todo lo publicado es emocionalmente neutro, porque va dirigido en muchos casos premeditadamente  a otros.

Por eso me cuesta entender las conexiones que al autor intenta manifestar entre ambas situaciones.

Un descuido

Con la llegada de la primavera, planteamos un viaje a Peñíscola donde tenemos un pequeño apartamento al lado de la playa. Apenas vamos en invierno, porque no está preparado para el frío y sobre todo para la humedad invernal.

Preparamos la maleta para disfrutar de unos días de relax alejados de la rutina. Y así de paso preparar el apartamento para los meses de mejor clima en los que sin duda iremos con más frecuencia. A la llegada subimos sonrientes y con ilusión. Los niños y el perro subieron por las escaleras velozmente. Nosotros por el ascensor más pausadamente con todo el equipaje.

Al entrar abrimos las ventas para que entrara la suave brisa de mayo. Fue al subir la persiana de la terraza cuando contemplamos con estupor lo sucedido. Fue tremendo. Allí yacía el cuerpo del abuelo Nicanor. Nos lo dejamos en nuestra última visita hacía siete meses.

Que desastre. Y lo peor de todo, tampoco había cervezas ¡¡¡

La primera vez

Me llamo Lucía y tengo quince años. En el colegio nos han dado otra charla de educación sexual. Yo ya he hablado de esas cosas con mi madre, pero sin entrar en mucho detalle. En clase hay compañeras que ríen y otras que se ponen algo rojas. Los chicos van de sobrados, algunos presumen de lo que no conocen.

Nos hablan del aparato reproductivo femenino y masculino, del coito, de las precauciones a tomar, de los riesgos de embarazo o de ciertas enfermedades. Hay sonrisas burlonas y comentarios alguno ingenuos, otros no tanto.

Hoy es miércoles.

El fin de semana anterior, hice al amor por primera vez.

Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá. Excepto Rafa y yo.

Pulso de edad

Creo que soy viejo. No lo digo yo. Ni lo dice mi DNI, lo dicen algunas empresas de selección de personal y algunos headhunters.  Por fortuna, no todos, porque hay excepciones.

En realidad exagero, no te llaman viejo literalmente porque eso sería discriminación, sino que prefieren decir que buscan “otro tipo de perfil”. No importa que encajes en el puesto, que tengas más de veinte años de experiencia, que muestres tus logros profesionales, que hables idiomas, que tengas una carrera y hasta un máster, no importa que tengas habilidades sociales o directivas, facilidad de trato, empatía.  No, simplemente no.

A partir de los 45 años y en algunas profesiones incluso antes, comienzas a ser eliminado de los procesos. Se cuestiona la productividad, la capacidad y hasta la ilusión. Y cruzada la barrera de los 50, ya eres de la “vieja guardia”. Ese es “su punto de vista” corto, retrógrado y limitado.

Es curioso porque cuando yo empecé a trabajar, miraba con respeto y a veces con admiración a mis compañeros ya entrados en años, como gente con experiencia y con conocimientos. Ahora si a los 45 o 50 años no has llegado a un puesto de relevancia jerárquica o directiva parece que no vales, que no eres útil, incluso que has fracasado.

No es un pulso de edades, es un pulso del sentido común y de la dignidad.

Por fortuna, les “parece solo a ellos” porque mi punto de vista y el de mucha gente, es muy diferente.

Del Alma

¿Es que no tuviste bastante? Me robaste la ilusión y la magia y todavía quieres llevarte mi alma. Pero no lo vas a conseguir, por grande que sea el dolor y aunque vea cerca la derrota, mi alma le corresponde a los míos, a los que me lloran. No parca, no. El alma decido yo a quién va a parar y te aseguro que venceré en esa batalla aún sabiendo que es la última.