Pinturas

Padre me dice que no llegaré a nada en la vida, que seré un fracasado, que no aprenderé a cazar y que no podré encontrar hembra ni mantener a mi prole.

Pero yo sigo en mis trece. A mi aprender a cazar no me apetece, porque yo adoro a los animales y bailar una extraña conga alrededor del fuego con el resto de la tribu, no me aporta nada. Tampoco me siento implicado en mostrar mi virilidad a las hembras del grupo.

Yo no quiero nada de eso. Yo solo quiero pintar en las paredes de las cuevas, los animales que mi padre y los otros hombres matan.

No sé si llegaré a algo en mi vida, pero me ilusiona pensar que algún día, pasadas muchas lunas, alguien pueda ver mis pinturas y decir… “qué maravilla”…

El estofado de Jack

La mañana del martes apareció un cadáver bajo el porche de la casa de Jack. Era un compañero de trabajo, con el que tenía continuas riñas. Las investigaciones concluyeron que había fallecido por un disparo en torno a las dos de la mañana y señalaron directamente a Jack.

En el juicio, el abogado Campbell puso todo el énfasis en que su cliente, Jack, era sonámbulo. Para ello presentó pruebas médicas que corroboraban su tesis. Que Jack tuviera en casa un arma no era extraño en ese pueblo de Wyoming. Que el arma tuviera sus huellas parecía razonable.

Pero la prueba del fiscal Taylor parecía contundente: la presencia de pólvora reciente en los dedos de Jack era prueba irrefutable de que había disparado el revolver en la hora cercana al incidente.

Fue entonces cuando el abogado sacó a relucir su verborrea que tan famoso le había hecho en el condado, argumentando que la presencia de restos de pólvora en los dedos de Jack se debía a que había usado un poco de pólvora en la preparación de un estofado de pavo que preparó la noche anterior, para –digamos- darle sabor. Y todo a raíz de un programa televisivo, llamado “Cocina explosiva” que Jack interpretó como la necesidad de dotar al plato de una explosión de sabor y el hombre, carente de conocimientos culinarios de nivel, interpretó como una pizquita de pólvora para conseguir esa fusión definitiva.

Cuando terminó su exposición, el juez, el fiscal, el jurado y el poco público que había en la sala, permanecieron en silencio anonadados ante tamaña explicación.

El juez llamó a su despacho a ambos abogados y antes de que pudieran decir nada, habló en voz alta,

-Campbell, me ha sorprendido, hacía tiempo que no escuchaba un alegato tan absurdo. Admito su explicación, no me queda otra. Es más, no descarto que pueda calar en el jurado. Por su parte Taylor, tiene usted trabajo por delante, la introducción del factor “estofado de pavo” tiene algunas aristas peligrosas. ¿Hay alguna oportunidad de llegar a un acuerdo entre ustedes?

-Absolución por falta de pruebas, insistió Campbell
-Por Dios –objetó Taylor- es un asesinato, está clarísimo
-Caballeros, ¿alguna posibilidad para homicidio imprudente?
-En absoluto, replicó enérgico Campbell
-Jamás, contestó indignado Taylor

El juicio se alargó durante un par de semanas, con testigos de todo “pelaje”, incluído el productor del programa de televisión.  Cuando el jurado regresó tras apenas unas horas de deliberación, la suerte estaba echada.

El alegato de Campbell se mostró eficiente y Jack fue condenado a cuatro años de prisión por homicidio imprudente. Además el abogado consiguió que la productora del programa “Cocina explosiva” se hiciese cargo del pago de la indemnización de 50.000$ a la familia del fallecido. Jack pasaría parte de su condena trabajando en la cocina de la prisión de Frontier en Rawlins (Wyoming).

Años después y recuperada la libertad, Jack y su abogado Campbell patentaron el plato “estofado explosivo de pavo” en cuya receta se publicitaba que incluía una mínima cantidad de pólvora, lo que no era cierto por obvias razones sanitarias.

Alquilaron un local que reconvirtieron en restaurante en la carretera de Sinclair a Rawlins y que tuvo cierto éxito. Apenas tres años después, Jack fallecería por una úlcera duodenal no controlada a tiempo y que se le complicó hasta el fatal desenlace.

Decían en el pueblo que en realidad Jack se suicidó ingiriendo pólvora, pero no se le hizo autopsia ni hay pruebas de que ese rumor fuese verdadero.

Ninguneo

Desde hace años, se me ha ninguneado. Es mi destino. Siempre ha sido así. De alguna manera lo he ido asumiendo, debido a mi silenciosa presencia.

Pero al menos, se me mantenía siempre en mi posición, bien firme, bien dispuesta. No se me tenía en cuenta, de acuerdo, pero yo estaba allí siempre.

Ahora se me ofende, porque directamente se prescinde de mí. No todos, claro. Especialmente los jóvenes y su maldita forma de enviar mensajes, obviando las reglas elementales. Y no solo los jóvenes, que hay algún artículo de prensa por ahí, que es muy doloroso para mí.

Y lo peor es que otras veces se me ubica donde no debo estar, dando cobijo a alguna compañera vocal, que no lo necesita.

Dicen los eruditos que soy muda ¿y qué? ¿acaso por eso ha de prescindirse de mí?

Yo soy una simple letra, una hache y reivindico mi derecho a existir, mi derecho al silencio y mi derecho a formar parte de la correcta ortografía.

Patadas

La abuela me sacaba a patadas de su casa del pueblo. Me decía que tenía que hacer amigos, esos días. Yo no quería salir, no conocía a nadie y los otros niños se burlaban de mí y me llamaban canijo o cosas peores.

Así que cuando salía, era yo el que me liaba a patadas enfurecido. Le daba patadas a las piedras, a la farola, hasta le daba al gato de la vecina, lo que ahora me da mucha pena, pobre animalito.

Una tarde, llegó hacía mí un balón que había sobrepasado la verja de la casa de enfrente. Lo controlé de primeras con la puntera y luego le di varios toques seguidos, creo que conté hasta doce, incluyendo dos toques con la cabeza.

De repente me dí cuenta de que los chicos me estaban mirando. No me lo pensé dos veces y salí corriendo antes de que me tiraran piedras como solían hacer, pero comenzaron a gritarme, que no me fuera, que si quería jugar con ellos y eso me detuvo en seco.

Me hizo gracia que cuando eligieron a los jugadores, se pelearon por tenerme en su equipo.

Desde esa tarde, ya tengo amigos y ya no me llaman canijo, ahora dicen que soy la host.. ¡uy perdón! que eso es una palabrota.

Atraco

Año 2.065

Me sorprendió en plena calle,, cuando aún no había anochecido…

Hace años, se atracaba para robar dinero, o el teléfono, o joyas y relojes

Ahora se atraca para robar el bien más preciado, el tiempo.

-Dame un año o disparo –dijo el atracador-

-No por favor, un año no, puedo darte seis meses, pero no más, necesito ver crecer a mis hijos

-Está bien –respondió muy nervioso el caco- dame seis meses, pero date prisa.

Conecté mi conexión neurológica de ciclo vital y le traspasé seis meses de mi vida.

Había perdido diez años en la asignación interestatal de tiempos vitales, aunque todavía me quedaban dieciocho años de vida, siempre que no enfermara.

Pero si me volvieran a atracar, tendría problemas y tal vez yo mismo, me tuviera que convertir en atracador de tiempos para alargar mi propia vida.

Lógica explosiva

-Lo siento Peláez pero no ha aprobado, su fallo ha estado en la práctica anti explosivos y ha sido muy grave.

-Pero…

-No hay peros Peláez, ha fallado en tres de las cinco pruebas: cortar un cable u otro no es algo que se deje al azar o a que le guste un color más que otro, influye la intuición pero sobretodo el conocimiento detallado de los explosivos a los que nos enfrentamos y creo que usted no está preparado. Lo siento. Además ya conoce las normas, ha tenido más errores que aciertos, por tanto está eliminado.

-Pero…

-¿Pero qué? ¡¡No se da cuenta, que de haber sido una bomba real, habría muerto tres veces, no una, sino tres veces!!

-Eso no es así mi Capitán

-¿Cómo qué no?

-Pues porque si muero la primera vez, no puede haber una segunda muerte y menos aún una tercera muerte, porque ya estoy muerto y visto así me he equivocado una sola vez, que es cuando he palmado y lo reconozco. Por tanto mi capitán, tendría un solo error frente a dos aciertos, debería usted aprobarme…

 

Un buen tipo

Carlos, ha fallecido. La verdad es que era un tipo intenso en todo. Le conocimos en la facultad de Economía.

Terminó a duras penas la carrera pasados los treinta años, hizo dinero rápido pero en negocios turbios que le llevaron a la cárcel durante dos años. Por entonces ya estaba casado y tenía un par de hijos.

Cuando salió del talego, conoció a Jenny que sería el amor de su vida durante años, hasta que tres hijos después, la dejó envuelto en alcohol y oscuras compañías y se fue con Paola una italiana que intentó ponerle a raya sin demasiado éxito.

Y es que, Carlos en el fondo, se hacía querer y no era mal tipo. Y ojo, era un currante, que no escatimaba esfuerzos. Y no le iba mal, pero jugó en el alambre, hasta que la suerte le fue esquiva.

Teníamos un grupo de whatsapp en el que apenas participaba. Le veíamos una vez al año en la cena de Navidad de nuestra promoción.  Siempre sonriente y siempre divertido. Por supuesto, aparecía perfectamente trajeado, con un “peluco” de oro de más de cien mil euros y con su cochazo aún mejor que el del año anterior. Y siempre nos enseñaba fotos de sus amores y amoríos.

Sin embargo, hace apenas unos meses, le vimos envejecido, descuidado, desganado, con su peluco de oro claro, pero no era el mismo. Nos contó que lo había intentado de nuevo con Jenny pero que al poco tiempo, ésta le había dejado definitivamente y que por primera vez en su vida estaba muy jodido.

Al entrar en el velatorio vi de frente a su exmujer, bueno a sus dos exmujeres y a Jenny y Paola y a otra que lloraba y que no conocía. Y surgió la duda ¿a quién le doy el pésame? No fue fácil decidirlo, pero al final, me pareció lo más sensato  dárselo a todas sus ex, una a una. Y eso hice pacientemente.

La reacción más fría, fue la de su primera mujer y madre de dos de sus seis hijos, porque cuando le dije que lo sentía y que había sido un gran tipo, me contestó que Carlos había sido un hijo de puta…

-Perdona que te lo diga así de claro, pero tu amigo fue un hijo de puta, créeme. A ver, digo yo que si fue un hijo de puta en vida, ahora no va a ser un santo por haberla palmado, ¿no te parece? Y te lo digo con conocimiento de causa, fue mi pareja. Bueno –sonrió amargamente- mi pareja y la de estas otras cinco –dijo señalando con desdén a su izquierda-

Durante unos segundos, me quedé sin decir palabra.

Y discretamente salí del velatorio.

 

 

Vacaciones de verano

¡¡Vacaciones de verano!!

Según dicen en la televisión, da igual la cadena, hay que salir a veranear por España, aprovechando nuestras maravillas naturales que las hay por todas partes. Y hay que ir a restaurantes y chiringuitos y a la playa o a la montaña, que en este maravilloso país, tenemos de todo, eso sí, con un poco de orden. Y claro está, llenar hoteles, apartamentos y casas rurales. Y pasar un buen veranito y gastar y consumir para reactivar la economía y que se yo…

¡¡Vacaciones de verano!!

Pero hay familias, cuyo verano va a estar marcado por el llanto por sus seres queridos muertos en los últimos meses. Otras sufrirán las graves secuelas que les ha dejado una enfermedad aún desconocida. Otras familias estarán poniendo una vela al santo para conservar sus puestos de trabajo que están totalmente comprometidos en estos momentos. Otras temblarán con su ERTE esperando que no se transforme en un ERE. Otras directamente irán a las colas del paro, por haber perdido ya sus puestos de trabajo. Y otras harán también cola, pero en los comedores sociales porque no les llega ni para comer.

Ahí lo dejo.

Broma

 

John era muy bromista. A Anne su esposa se la había jugado varias veces y de maneras muy diversas, desde echarle agua helada mientras tomaba el sol a darle un bocinazo mientras dormía o salir de dentro del armario gritando, incluso una vez llenó de lombrices el puré de verduras que había preparado Anne. Pero la peor de todas fue cuando hace años, le metió una rata muerta en el congelador envuelta en papel de plata. Esa broma casi les cuesta el divorcio y a Anne, un infarto.

Anne asumía la situación con resignación pero comenzaba a cansarse de las bromas, por lo que decidió tomar la iniciativa para devolvérselas.

Una mañana cogió un viejo producto antiparasitario que tenía en el garaje. Estaba caducado hacía años. Consultó por internet las consecuencias de la ingesta en una dosis pequeña que no serían otras que una colitis galopante, vómitos y diarrea, nada serio aunque sumamente molesto. John no podrá ni toser, pensaba con una sonrisa.

Así que puso un poco mezclado con el café. No demasiado. Una dosis muy pequeña.

Pero …

… al instante se le iluminó la cara y decidió ponerle una dosis mucho mayor.

Cuando John saboreaba el café matutino, notó un extraño sabor y de pronto, comenzó a sentir algunos retortijones en el estómago y un fuerte dolor que lo doblaba.

Entonces Anne le confesó la verdad:

-Te he puesto un veneno caducado aunque reconozco que en una dosis bastante fuerte, pero no te preocupes, es solo una broma y tú deberías aceptarla, ¿verdad cariño? a fin de cuentas, has sido mi “maestro”.

John la miraba incrédulo

-¿Me has envenenado? Por Dios llama a urgencias de inmediato, no aguanto los dolores, por favor Anne, ayúdame…

Anne le miraba complacida, mientras pensaba que esa sí que era una broma gorda, la mayor broma de todas, la broma definitiva.

Lentejas

La abuela Casilda cocinaba muy bien. De pequeños disfrutábamos de sus guisos, incluso de aquellos que en casa no nos gustaban, caso de las lentejas. Mi madre se molestaba un poco, pero asumía con resignación que las lentejas de la yaya Casilda eran insuperables.

Una mañana fui a la cocina y ví a la yaya muy apurada, me quedé observando desde la puerta, parecía limpiar algo en el fregadero.

Cuando me vio, se puso muy nerviosa, cosa muy rara en ella, pues era un pozo de tranquilidad y sosiego.

De repente salió a la terracita que daba al patio, haciéndome gestos ostensibles de que no la siguiera. Apenas unos minutos después volvió a entrar y me explicó,

-Un sofoco, Miguelito, un sofoco, nos pasa a las mujeres mayores
-Ah vale yaya –respondí- no te preocupes que no voy a decir nada, será nuestro secreto

La abuela sonrió diciéndome,
-Un sofoco no es nada que haya que ocultar, corazón, no es nada malo

Y yo, con esa naturalidad propia de los doce años que tenía, le dije,
-No yaya, si no me refiero al sofoco, yo me refiero a que se te haya caído la dentadura en la olla de las lentejas.