A oscuras

Juan era un chico muy majo y un gran cinéfilo pese a su juventud. Rosa y él se conocieron hace poco y surgió la chispa entre ellos. Habían quedado algunas veces muy agradables.

Las amigas de Rosa, sin embargo, le advirtieron de que nunca fuera al cine con él, porque “se la solía sacar” al comenzar la película. Rosa no daba crédito a lo que decían sus amigas. Así que le preguntó a Inma que había ido al cine con Juan antes del verano y el caso es que Inma confirmó sus sospechas.

-Sí Rosa, te prometo que se la saca…

Rosa no podía imaginar que un chico tan correcto, tan culto y tan majo, hiciera alguna guarrada aprovechando la oscuridad del cine, pero decidió darle una oportunidad, eso sí, bien prevenida por si notaba algo raro.

Habían quedado para ver la última película de Woody Allen y puntualmente llegaron a la cafetería de enfrente del cine, donde tomaron un refresco y hablaron animadamente.

Un poco antes de las ocho de la tarde, tomaron sus asientos. Juan estaba muy simpático, pero Rosa estaba algo mosca.

Se apagaron las luces y comenzó el film. No habían pasado ni diez minutos, cuando Juan comenzó a hacer movimientos extraños, como si quisiera sacar algo. Rosa, metió la mano en su bolso para coger el imperdible que pensaba clavarle a Juan si se propasaba.

Y entonces finalmente, Juan la sacó… una libretita y un pequeño lapicero. Rosa le miró asombrada y comenzó a reír.

-¿Así que eso era todo? -preguntó Rosa- mientras miraba la libreta.

-No te entiendo -respondió Juan- ¿te refieres a la libreta? Bueno, es una manía que tengo, me gusta sacar la libreta y tomar algunas notas cuando voy al cine, pero ¿por qué te ríes?

-Tranquilo -dijo Rosa mientras apoyaba su cabeza en el hombro de Juan- luego te cuento, solo puedo decirte que mis amigas son unas cabronas.

Y disfrutaron mucho de la película…

Pd: basado en hechos reales. 

Rencores

 

Acertaron los pronósticos y por fin hemos tenido tres días de nieves continuas, así que bien pertrechado, con ropa de abrigo, gorro y guantes, me lancé a hacer una sesión fotográfica a la visitante blanca, que este mes de enero se ha desatado por completo.

En ello estaba cuando vi de frente a la pesada de Ana, la vecina del tercero, que iba con las fieras de sus hijas. Estaban haciendo un muñeco de nieve, cuando de repente, mi vecina me saludó y me lanzó un bolazo, dándome de lleno.

Sonreí (a ver, que iba a hacer) pero juré venganza y le lancé uno tras otro, varios torpedos blancos, acertando al menos dos veces.  Parece que la gracia ya no fue tal, cuando ella animó a sus hijas a atacarme a bolazos.

Yo no me escondí, sino que acepté mi destino. Por suerte llegaron refuerzos, pues Esteban y Mari, los del primero, se unieron a mi en la incruenta batalla.

– ¿Esta es la que siempre protesta en las juntas de vecinos, verdad? Pues vamos a darle duro.

En plena batalla, aparecieron los del segundo, que se alienaron de inmediato con Ana y comenzaron a atacarnos sin piedad. Traían además al bestia de su hijo Ricardito como avanzadilla.

Estábamos perdiendo la batalla, cuando los Marquéz con sus tres hijos, se unieron de nuestro lado, intensificando el fuego.

Fue entonces cuando Julián que ahora ejerce de Presidente de la Comunidad, corrió en apoyo de mis agresores acompañado de su querida de turno, una pija que tenía una puntería del demonio.

Cada bola de nieve llevaba tras de sí, algún que otro rifirrafe comunitario que envalentonaba a los contendientes.

Sudorosos, a pesar de los dos grados bajo cero y tras una hora de lucha, firmamos un armisticio, aunque Ana, como siempre dando la nota, propuso continuar la pelea a las cuatro de la tarde.

-Lo siento, estaré echándome la siesta -le contesté-

Me miró con cara de pocos amigos y me dijo…

-Cobarde-

Así que a las cuatro me vi obligado a reanudar la batalla y si bien hubo algunas bajas, se unieron a mi bando Mónica, Pablito y los Soto que aportaron su fiereza y puntería, hasta alcanzar la victoria final.

El socavón de la vanidad

Don Lisandro siempre caminaba altivo y mirando a los demás por encima del hombro, con su orgullo y vanidad desatados. En el pueblo ya sabían cómo era y le soportaban a duras penas. Su chulería era proverbial y conocida en toda la comarca.

Fue Balzac el que dijo que quiénes mostraban su vanidad, lo hacían porque no tenían otra cualidad que mostrar. Y fue Jacinto Benavente el que dijo que la vanidad siempre traicionaba a nuestra prudencia.

Y eso fue lo que debió suceder.

Tan altivo iba don Lisandro, tan concentrado en mirar por encima del hombro a sus vecinos, que no se dio cuenta del socavón, que el suelo había abierto tras las torrenciales tormentas de los últimos días y don Lisandro se fue directo al fondo del socavón.

Cuentan, que nadie escuchó sus gritos de socorro.

Lo cierto es que pocos días después el servicio de mantenimiento del ayuntamiento, rellenó el socavón con tierra de la comarca y una vez alisado, quedó el camino como nuevo.

Y cuentan también, que nadie echó de menos a don Lisandro…

Dos botones

Paseando bien abrigada por el parque me detuve a contemplar un muñeco de nieve que seguramente habrían hecho unos chavales. Tenía dos botones por ojos, una rama doblada a modo de boca y como no, una zanahoria como picuda nariz. Limpié un banco de nieve y me senté a disfrutar del silencio y de la tranquilidad. Incluso dejé de sentir frío, cuando de repente una voz me llamó por mi nombre… sobresaltada miré a ambos lados, pero no vi a nadie. Fue entonces cuando escuché nítidamente…

-Soy yo, el muñeco de nieve ¿acaso no me recuerdas? Tú me creaste hace unos veinticinco años en aquellas Navidades en casa de tus abuelos. Perdona si te he asustado, pero no tengo muchas oportunidades de hablar.

Me costó asumir lo que estaba sucediendo, pensé que sería una broma, una especie de cámara oculta, pero la voz provenía del muñeco de nieve, así que le contesté,

-Es verdad que de pequeña nos gustaba hacer muñecos de nieve, pero esto es una locura, tú no tienes vida, no sé qué está pasando.

Y el muñeco respondió,

-Los muñecos de nieve tenemos una vida corta, apenas un mes, con suerte dos meses, pero revivimos cada invierno y siempre tenemos una palabra de recuerdo y cariño hacía quienes nos dieron vida por primera vez, por eso querida Natalia, yo siempre te estaré agradecido por esa oportunidad de vida que me diste y que rememoro todos los años y me siento feliz porque hayas venido este invierno al pueblo.

-No lo entiendo, yo no te he creado este año, habrán sido los niños del pueblo.

-Ahí te equivocas -contestó el muñeco- yo soy único y me regenero todos los inviernos en el muñeco original. ¿Acaso no te son conocidos mis ojos? Son dos botones de tu abrigo del colegio. Ven, acércate y compruébalo tu misma.

Y me acerqué y comprobé con estupor que eran -en efecto- dos botones de mi viejo abrigo de niña. No podía entender nada y pensé que estaría soñando.

Entonces el muñeco de nieve me explicó,

-Verás Natalia, aquí has pasado tus mejores momentos de tu infancia, en invierno y en verano. Aquí desarrollaste lo más preciado que tiene una niña, la imaginación. Por eso es lógico que estando aquí, vuelvas a imaginar aquello que soñaste de pequeña, con la diferencia de que ahora es una realidad. Y esa realidad soy yo.

-No, eso no es posible, esto es un sueño.

-Pues entonces cuídate, porque estás hablando con un muñeco de nieve y comenzó a reír con alegría.

Esa noche nevó intensamente y al día siguiente fui de nuevo al parque, pero esta vez iba acompañada de mi hija Susana de cuatro años. Y juntas hicimos un muñeco de nieve al lado del que ya existía.

La pequeña Susana estaba feliz, habíamos traído una zanahoria y con una rama curva dibujamos una amplia sonrisa en el muñeco de nieve, pero faltaban los ojos. Entonces arranqué dos botones del abrigo de mi hija y se los di para que se los pusiera al muñeco a modo de ojos. Y le abrigamos con su propia bufanda de colores.

Ambas comenzamos a reír. Y de repente me di cuenta que a nuestras risas se  unieron dos misteriosas voces más.

Corbatero

Rogelio presumía de tener todas las corbatas perfectamente ordenadas en el armario de casa, por colores y tonalidades. A Marisa no le extrañó, pues intuía lo ordenado que era, de las escasas tres veces que habían quedado. Por eso cuando fue a su casa, le pidió ver su colección de corbatas del armario, segura de que le encontraría alguna mal colocada y podría hacerle rabiar.

-Están en el armario del dormitorio -gritó Rogelio- mientras sacaba unas cervezas de la nevera.

Marisa entro en el cuarto y abrió, no sin dificultad, la pesada puerta de madera del armario.

Se quedó boquiabierta y patidifusa, al punto de que abrió la boca para gritar, pero no salió el más mínimo sonido.

En efecto, las corbatas estaban colgadas, pero también estaban colgados diez esqueletos que portaban cada uno de ellos, una corbata diferente.

Cuando Rogelio iba a darle la cerveza, Marisa salía tropezando de la habitación…

-No corras Marisa, no te vayas…

-¿Tienes el armario lleno de cadáveres? Estás loco …

-No mujer, es que trabajo en el depósito forense y a veces me traigo a casa algunos esqueletos para mi colección y me gusta ponerles una corbata a cada uno. Así quedan ordenadas por colores… No sé chica, yo no lo veo tan raro, hay gente que colecciona dedales o sellos o que se yo.

Pero Marisa ya estaba lo suficientemente lejos para no poder escuchar su explicación.

El amigo invisible

Pablo pasaba largas horas viendo series con su amigo, especialmente los fines de semana, aunque si hacía buen tiempo, también salían a pasear.

La verdad es que nadie conocía su relación con él y aunque la conocieran, difícilmente la podrían llegar a entender. Porque Pablo tenía un amigo invisible, Ignacio, con el que era capaz de compartir con naturalidad, todo aquello que -sin embargo- no podía compartir con nadie.

Este año, un par de semanas antes de la Navidad, la hermana de Pablo, propuso que en esta ocasión, los regalos navideños se hicieran a través  del “amigo invisible”, dado que ya eran bastantes de familia y teniendo en cuenta que eso suponía un gasto importante.

Pablo, vio en ello la oportunidad de dar a conocer su relación.

En la cena de Nochebuena, había un cubierto más para Ignacio. Pero cuando llegaron puntualmente a casa de los padres, éstos se sorprendieron al ver solo a Pablo.

-¿No ibas a venir con tu amigo Ignacio? -preguntó la madre-

-Pero si está aquí, solo que no le puedes ver -respondió Pablo- es invisible…

Lo que sucedió después sería muy complejo de explicar y tras unos largos minutos de zozobra y desconcierto que nadie pudo descifrar, tanto los padres, como la tía, como las dos hermanas de Pablo y su cuñado decidieron mediante gestos discretos, seguirle la corriente. Por fortuna sus dos sobrinos eran aún muy pequeños para intentar entender algo.

Y así durante toda la velada, el cubierto de Ignacio permaneció vacío. Y cuando Anita le explicó que lo del amigo invisible era solo un intercambio de regalos, Pablo dijo que había sido una oportunidad del destino y brindó en voz alta por su amigo invisible Ignacio, ante la mirada atónita de sus padres y demás familia.

Ana, la madre, preocupada por su hijo, habló con él y le preguntó si estaba tomando alguna medicina que le pudiera afectar, pero la respuesta fue negativa. Su padre le propuso que no condujera y que pidiera un taxi o un Uber para volver a casa, pero Pablo no accedió. Y la tía Paquita directamente le dijo que estaba un poco “chalao”.

Pablo les dio a todos las gracias en nombre de Ignacio, que le había transmitido lo muy a gusto que había estado en la cena.

Ya en el coche, camino de casa, Pablo le preguntó a Ignacio,

-¿Qué te han parecido? ¿son una familia entrañable, verdad?

Y entonces una voz grave que provenía del vacío, le contestó,

-Ha estado genial, tu familia es estupenda, pero comprenderás que hay que darles tiempo para que crean que de verdad tienes un amigo invisible y para que puedan comunicarse conmigo. Seguramente ahora estén pensando que estás como una cabra jajaja

-Lo sé, por eso lo ocultaba. De todas formas, me siento feliz de que hayas conocido a los míos y hayas podido verlos y escucharlos.

Y añadió con una fina ironía…

-Lo digo Ignacio, porque el día que conocí a tu familia, no pude ver a nadie…

Y ambos rompieron a reír en estruendosas carcajadas.


Querid@s amig@s, aprovecho este post para desearos Feliz Navidad.

Disfrutadla con salud, amor y por supuesto, con prudencia.


 


Sutileza

 

 

En la exposición de N.W.Schultz, al final de la galería, en una pequeña salita anexa se exponía el cuadro cuya foto os adjunto y que os recomiendo ver con atención.

El título era, “Regresión de la Sutileza

Dos hombres entraron en la salita y miraban ávidamente el cuadro intentando desgranar el sentido de la pintura.

-Está claro que refleja el retroceso en el proceso de fusión cognitivo como aprendizaje conductual frente al condicionamiento operante empírico.

-Yo además aprecio un refuerzo en el episodio colorista de la obra, plasmado en suaves trazos aterciopelados, que muestran una sutil disconfomidad colorista.

-Perdona, ¿colorista? pero si son trazos blancos…

-Por eso he dicho precisamente, lo del refuerzo en el episodio colorista. El color está en la mente, en el alma del autor.

-Tienes razón, ahora lo veo con claridad.

De repente apareció un hombre enfundado en un mono azul con manchas de pintura…

-Disculpen señores- y acto seguido, descolgó el marco de la pared para llevárselo.

-Ambos hombres se quedaron atónitos y le preguntaron al hombre del mono azul…

-Perdone ¿y esto? dijeron señalando a la blanca pared.

-Pues que quiere que le diga -respondió el hombre- una pared con gotelé y así entre nosotros, no es de muy buena calidad.

-¿Y el marco?

-Ahhh el marco -sonrió el hombre- eso ha sido una broma de mi sobrino. Menos mal que el señor Chulss o como se diga, tiene mucho sentido del humor y me dijo que lo dejara un par de días… pero si hasta le puso un título y todo … no vea lo contento que estaba mi sobrino…

 

Paradojas

Al fin viernes. Sí, pero no tengo planes especiales dadas las circunstancias. Mi hijo lleva un par de semanas en casa de su novia y le entiendo, es lo que toca (supongo). Mi hija pulula entre mi casa y la de mi ex. Pero este fin de semana, va a estar con su prima. Son jóvenes cuidadosos y nos acabamos de hacer test de antígenos, cortesía del ayuntamiento. Además, mi hija como deportista pasa tests semanales.

Suena el teléfono. Es Elena, dice que quiere verme. Accedo y viene a casa a las 20h. Las cosas no van bien. Ha discutido seriamente con su actual pareja y eso ha repercutido también en otra discusión con su madre. Su situación es complicada. El ERTE la ha afectado. La escucho pacientemente, siempre he sido un buen “escuchador”. Me cuenta muchas cosas y circunstancias, incluso demasiados detalles.

Le digo de cenar algo, pero ella no quiere. Yo tengo hambre y saco la tortilla de patatas que acababa de hacer cuando llegó. Al final la convenzo para tomar algo y finalmente acepta. Siempre ha estado delgada, pero ahora más aún.

Seguimos hablando, pero a las 23:30h le advierto del toque de queda. Necesita veinte minutos para llegar a su casa. Entonces me mira y dos lagrimas le caen por las mejillas y me dice,

-No quiero volver ahora, estoy mal. ¿sería un problema para ti si duermo aquí?

-No en absoluto -contesto- pero piénsalo bien, no vaya a causarte problemas con …

– ¿Más problemas? -me interrumpe-

Y como en la canción de Sabina, nos dieron las doce, la una y las dos. Estamos cansados, pero hemos establecido una conversación sincera y abierta. Finalmente, cerca de las tres de la mañana decidimos irnos a dormir.

-Ya sabes que Almu no está – le digo – , puedes dormir en su cuarto…

La situación creada rompe todos mis moldes, pero el sueño finalmente me vence.

Para mi desgracia apenas a las ocho de la mañana me despierto. Ella sigue dormida profundamente. No quiero despertarla. Esperaré para preparar el desayuno.

Me quedo mirándola. Hace veintiocho años que nos conocemos. Tenemos un hijo y una hija que colman nuestra felicidad. Fuimos pareja, pero hace unos años decidimos darnos un tiempo y finalmente emprender caminos independientes. Y sin embargo, siento que la quiero, supongo que de una manera diferente.

Desayunamos juntos, parece más animada y eso me alegra. Se da una ducha reconfortante y se prepara para salir. Nos miramos.

-No le digas a los chicos que he dormido aquí, por favor. Y gracias, mil gracias por escucharme, por apoyarme y por permitirme quedarme en tu casa.

– ¿Y por algo más? -pregunto con gesto torcido-

– ¿Por qué…?

-Por la mejor tortilla de patatas del mundo.

Y por fin se ríe y veo como su semblante cambia y sus ojos verdes comienzan a brillar.

No iba a ser un fin de semana nada especial y, sin embargo, ha sucedido todo lo contrario.

La vida está llena de contradicciones y de paradojas. Supongo que así ha de ser.

Rivalidad

Estudiaban Economía en la Universidad Complutense. Corrían los años ochenta. Inés, Ana y Toni formaban un triángulo de amistad. Era obvio que a ambas les gustaba Toni, un chico inteligente, dispuesto y muy atractivo. Eso hizo que las amigas, comenzaran a rivalizar casi sin darse cuenta por el amor de Toni. Y eso creó entre ellas, un muro de incomprensión, al punto de que les hizo perder la amistad. Finalmente fue Inés la que se casó con Toni, mientras Ana sencillamente decidió desaparecer.

Habían pasado treinta y tres años desde entonces y apenas se habían visto en tres o cuatro ocasiones.

Fue en el funeral de Toni, donde coincidieron por última vez y de nuevo afloraron las tensiones,

Cuando Ana se acercó a Inés y tras los saludos de rigor, la respuesta de ésta fue contundente…

-Eres una cobarde Ana, nunca luchaste con decisión por el amor de Toni

– ¿Cómo que no luché? -contestó Ana- Precisamente decidí desaparecer y dejarte la vía libre a ti. No puedo entender cómo pasados más de treinta años, sigues enfadada conmigo. ¿cómo puedes llamarme cobarde?

-Perdona Ana -dijo Inés compungida- tal vez no me he explicado bien, pero si verdaderamente hubieras luchado más por Toni, quizás habrías podido casarte con él y yo me hubiera librado del suplicio de vida que he tenido a su lado.

Temporalidad

La tienda estaba en una estrecha calle. Una cristalera y una puerta daban al taller de relojería. Le atendió el mismo relojero.

-Usted dirá caballero. 

-Venía a pedirle consejo. 

-Sobre algún reloj, me imagino. 

-Pues no, se trata de un consejo sobre el tiempo, sobre el paso del tiempo para ser más exacto. 

-Yo de eso no puedo decirle mucho, lo mío es arreglar relojes. 

-Pero ¿usted dispone del tiempo? Porque el tiempo lo marcan los relojes. 

-Mi tiempo es similar al suyo, arreglar relojes no me supone una ventaja. Pero en fin, dígame que quiere saber.

– Verá, ayer perdí dos horas y no logro encontrarlas.

– ¿Y quiere recuperarlas? Tal vez porque no puede recordar como las perdió …

-Quiero que mi mañana tenga esas dos horas de más. 

-Le recuerdo, que mañana es tan solo un adverbio de tiempo. No es más que eso.

-Entonces ¿Puede ayudarme o no?

El relojero, se quedó pensativo durante unos minutos y dijo -Puede que sí –

-Escuche con atención: en su ahora actual usted está hablando conmigo, pero su ahora, de cuando entró en mi tienda, se ha convertido ya en su pasado inmediato. Y su futuro, lo dejará de ser en cuanto se convierta en su ahora. Conclusión, el ahora lo es todo y abarca todo el sentido de la temporalidad. Perderá su tiempo buscando las horas perdidas. Viva su ahora con intensidad y las podrá recuperar. Se lo aseguro.