Devolución

Gregorio llegó a la gran librería del centro comercial.

-Buenos días, quería devolver este libro que compré en Navidad. Tengo el ticket de compra.

La dependienta con la mejor sonrisa le contestó que, aunque los libros tenían un máximo de tres meses para devolverse, no habría problema en aceptar la devolución.

Al poner el libro sobre el mostrador, la dependienta observó que estaba doblado, tenía marcas, incluso subrayados en rotulador.

-Disculpe señor, pero este libro esta usado y en ese caso no puede devolverse.

-Pues claro que esta usado y leído y precisamente por eso quiero devolverlo, porque no me ha gustado el final, lo encuentro bastante soso y poco logrado.

La dependienta intentó indicarle a Gregorio que no podría cambiar el libro, pero el hombre no entendía la lógica, así que llamó a su jefe, quién le atendió amablemente, aunque sorprendido por semejante petición de devolución.

-Verá caballero, no podemos cambiarle un libro usado y menos en ese un estado. Son normas de la casa. Lo siento.

Gregorio insistió en su argumento principal.

-A ver, que yo les entiendo, pero entiéndanme ustedes a mí. Me gasto veintitrés euros en un libro que promete, que ustedes destacan en la tienda, que promocionan, pero que luego resulta que tiene un final flojísimo, me siento estafado, por eso quiero que me cambien el libro por otro o en su caso que me devuelvan el dinero.

Finalmente avisaron a la responsable de tienda, que alucinó con la petición de Gregorio y con una sonrisa de comprensión, le dijo taxativamente que no iban a cambiarle el libro.

Entonces Gregorio alzó la voz lo suficiente para captar la atención de otros clientes, que se volvieron hacia el pequeño grupo que componían la dependienta, su jefe y la responsable de tienda además del propio Gregorio.

-¡Me siento estafado! dijo Gregorio, me han engañado y no quieren reponer su error. Supongo que no soy el único. Solo exijo que se me devuelvan mis veintitrés euros y si no es posible, que se me compense con otro libro.

Mientras tanto, el resto de los clientes ya miraban descaradamente al grupo, incluso comentaban entre ellos.

Fue tal al cariz que iba tomando la discusión, que la responsable de tienda tomó la decisión de darle otro libro nuevo como alternativa, con tal de que Gregorio se callara.

Y así fue como salió de la librería con el último ejemplar de Pérez Reverte, totalmente gratuito.

En el parking le esperaba Josefa su mujer, que sonrió al verle con el nuevo libro.

-Aquí tienes Cari el libro que te prometí, espero que lo disfrutes

-Gracias Goyo -contestó la mujer- esta vez ha sido más difícil ¿verdad? Has tardado casi cuarenta minutos.

A lo que Gregorio respondió,

-Si, ha venido hasta la responsable de tienda, pero al final han cedido, como casi todos. No hay nada como alzar un poco la voz y poner cara de pena. Lo único malo es que se nos van agotando las librerías por la zona. Ya llevamos ocho y no creas que hay muchas más.

-Bueno, no esta mal -respondió la mujer- ocho libros que hemos leído por el morro y a unos veinte euros aproximadamente por libro, son ciento sesenta euros que nos hemos ahorrado.

Senadores de Roma

Reunidos los senadores Servio Graco, Cneo Fabio y Valerio Marceno.

Este último dio un puñetazo en la mesa y asintió de manera exagerada,

Pues entonces terminaremos con él. No se hable más.

En la antigua Roma, había tres métodos tradicionales para asesinar a los contrincantes políticos. Uno muy directo, que era pasarlo a espada o cuchillo, otro algo más sofisticado que consistía en degollarlo atacándole por la espalda y un tercero muy de moda últimamente que consistía en el envenenamiento.

Intervino Servio Graco:

Propongo que un pretoriano lo degüelle por la noche. Nadie se va a atrever a retarle. Y luego le echamos la culpa o decimos que se ha vuelto loco y se le liquida públicamente.

Veo un problema -señalo Valerio Marceno- lo que propones, que es una buena idea, es sin embargo arriesgado, porque podría causar malestar entre los pretorianos y no están los tiempos para reivindicaciones de ningún tipo. Por eso yo propongo envenenamiento. Y es más, tengo la persona idónea: una de las esclavas del maldito Quinto Máximo.

Excelente idea, aplaudió Cneo Fabio. Una esclava africana a poder ser, porque a Quinto Máximo le encanta yacer con esas jabatas. La perra no tiene porqué saber nada, salvo que tiene que darle a beber un vino “especial” y excitarle. En el fondo le hacemos un favor a ese cerdo, una muerte rápida e incluso placentera.

Entiendo, añadió Servio Graco. Una vez muerto Quinto Máximo por envenenamiento, acusamos a la esclava y la torturamos públicamente como escarnio. Nadie sospechará de nuestro plan y nos quitaremos de en medio al maldito Quinto Máximo para siempre.

Los tres senadores se levantaron de sus aposentos, sin percibir el movimiento de una sombra tras las columnas.

Tres días después, se reunieron de nuevo para ultimar detalles. Los tres senadores le pidieron vino a Amina, la esclava principal y brindaron bebiendo del delicioso vino, un rico caldo procedente de la Dacia.

Este vino tiene un aroma especial -señaló Servio Graco- ¿lo notáis? Es exquisito…

Apenas tres minutos después, comenzaron a sentir una oleada de calor y una sensación de ahogo, que los llevo a unas bruscas convulsiones y a la muerte.

Reinó el silencio en la Domus de Servio Graco.

A los pocos minutos se abrió muy despacio la puerta del Triclinium. Usmán, uno de los eunucos del senador Servio Graco, comprobó que los tres hombres estaban muertos. Siguiendo al pie de la letra, las instrucciones recibidas, uno de los escoltas corrió hasta el Palacio de Quinto Máximo para dar la noticia.

Mientras tanto, Amina la esclava principal que había servido el vino envenenado, recogía rápidamente sus pertenencias y junto a sus dos hijos, montaban en un carromato que, guiado por otro soldado y acompañado por un centurión, se dirigió a las afueras de Roma.

Allí esperaban una docena de expertos jinetes que escoltarían el carromato hasta llegar a la costa para poder embarcar a África. Antes el centurión le dio a Amina una bolsa con monedas de plata mientras solemnemente decía unas palabras:

Esclava Amina, has salvado la vida de mi señor, el Senador Quinto Máximo, lo has hecho con diligencia y valor. También has servido a Roma y eso Roma no lo olvida. Estos hombres de mi confianza te escoltarán a ti y a tu familia. Llegarás a tiempo del embarque a tu tierra. Roma te recompensa de esa manera.

Acto seguido la comitiva salió de la ciudad por la puerta sureste.

De regreso a la casa de Quinto Máximo, el centurión se cuadró ante el Senador.

Asunto resuelto, mi señor, los tres traidores han muerto. La esclava hizo un excelente trabajo. Pero con vuestro permiso, quisiera haceros una pregunta: ¿Cómo supisteis del complot contra vuestra vida?

El senador reclamó la presencia de Usmán el eunuco. Éste al entrar en la sala, se lanzó al suelo en señal de respeto, mientras señalándole con el dedo, Quinto Máximo le dijo:

Usmán, has demostrado entereza y coraje, advirtiéndome del peligro que corría y como agradecimiento a tu lealtad, desde este momento pasarás a formar parte del personal de este palacio y tendrás los privilegios de un eunuco principal. Puedes retirarte.

Los ajustes de cuentas eran normales en Roma. Nadie quiso ahondar sobre la muerte de los Senadores Servio Graco, Cneo Fabio y Valerio Marceno. Sencillamente se corrió un tupido velo. No hubo investigación. La inquietud inicial que el incidente provocó, no perturbo la vida en la gran urbe.

En la consulta

Un luminoso día de abril, estaba esperando en las salas del Hospital para una visita médica rutinaria.

Cuando una mujer de avanzada edad que tenía sentada enfrente se dirigió a mí preguntándome si era el hijo de la Concha. Levanté la vista de la pantalla de mi móvil, donde luchaba por alcanzar récord de puntuación en el solitario y le contesté a la señora, que sin duda, me equivocaba con otra persona, ofreciéndole una sonrisa bajo la mascarilla FFP2 que llevaba puesta, como es preceptivo en el hospital.

La señora no se dio por convencida e insistió en mi relación con la tal Concha, añadiendo solemnemente que me llamaba Pedro y a que a ella no la iba a engañar. Me mostré paciente con ella a la vez que sorprendido de que nadie estuviera con la mujer.

De repente, ésta se levantó y se acercó a mi

-Qué tu eres Pedro, que yo te conocí cuando naciste… y así siguió la buena mujer, cada vez hablando más alto y situándose más cerca.

Por suerte de repente echó a correr por el pasillo una mujer sobre los cuarenta años, dirigiéndose a la señora a la que llamó mamá, diciéndole con mucho cariño, que dejara a ese señor (o sea a mí) y que volviera a su asiento. La señora aceptó de mala gana.

Una vez aposentada de nuevo, la hija se acercó a mí para pedirme disculpas por las molestias. Obviamente me mostré comprensivo y le dije que no se preocupara y por decir algo, le comenté que su madre me había confundido con el hijo de una tal Concha.

En eso estaba, cuando la hija se me quedó mirando y me dijo:

-Pues ahora que lo dice, sí que se da un aire al hijo de la Concha- explicándome a continuación que la tal Concha y su madre habían sido vecinas durante cuarenta años y no sé qué más cosas del barrio, durante unos eternos minutos…

Yo la miraba sorprendido con mi mascarilla bien ceñida que le impedía ver mi mueca de “venga no me jodas, ¿tú también?”. Y claro, comprendí lo cierto del refrán que dice “de tal palo, tal astilla” y cortésmente le dije que tenía que hacer una llamada.

Finalmente, la mujer se dio por vencida y volvió a su asiento.

Eso sí, madre e hija me miraban retadoramente desde sus asientos, probablemente convencidas de mi «engaño» .

Al final, no pude superar mi récord en el solitario, pero por suerte, no tardó en salir mi número en la pantalla de la sala de espera y entré en la consulta. Conclusión, hay que ser empático, aunque a veces cueste mucho.

Mi playa

Una carrera, un máster, tres idiomas y aquí estoy trabajando de camarero, por mucho que lo llamen “barman”. La conjunción de episodios personales, familiares, profesionales y amatorios, me llevaron a tomar una drástica decisión. Necesitaba cortar con todo.

Que conste que no me quejo, porque estoy muy bien pagado. Mejor que cuando trabajaba en mi ciudad. Pero honestamente, yo aspiraba a algo más.

En fin, que no me lo pensé dos veces cuando vi el anuncio en la web de empleo y tras un rápido proceso de tres entrevistas y superado mi vértigo a viajar, me vine a vivir aquí, un poco lejos, lo reconozco, pero también es verdad, que es la mejor manera de cambiar de aires.

Ya se que lo de camarero parece poca cosa, pero me han dicho que, si aguanto un año, tendré una inmediata promoción a “cocktail manager”.

No vivo mal, aunque la vida aquí es un poco monótona, pero lo que más echo de menos, son los paseos por la playa.

Que conste que en el sector 76 donde trabajo, además de un complejo de ocio con restaurantes, cines y un casino, hay una zona especial, con arena de playa, agua salada, palmeras y todo.

A ver, que voluntad tienen, pero que queréis que os diga, dónde esté mi playa de Roche y mi pescaíto frito….

Porque claro, ¡aquí en la Estación Lunar Internacional, no hay nada de eso!

El descuido

Con la llegada de la primavera, planeamos un viaje a Peñíscola donde tenemos un pequeño apartamento al lado de la playa.

Apenas vamos en invierno, porque no está acondicionado para el frío ni para la humedad invernal.

Así que preparamos las maletas para disfrutar de unos días de relax alejados de la rutina.

A la llegada subimos sonrientes y con ilusión. Los niños y el perro subieron por las escaleras velozmente. Nosotros por el ascensor más pausadamente con todo el equipaje.

Al entrar abrimos las ventanas para que entrara la suave brisa de abril. Fue al subir la persiana de la terraza cuando contemplamos con estupor lo sucedido.

Fue tremendo. Allí yacía el cuerpo del abuelo Nicanor. Nos olvidamos de él, en nuestra última visita hacía siete meses.

¡¡Que desastre!!

Y lo peor de todo, ¡¡tampoco había cervezas!!


(original publicado en mayo 2017)

Carta de un padre

Queridos hijos,

Cuando leáis estas líneas probablemente yo ya no estaré entre vosotros. Lo digo muy animado y feliz de dar por terminada mi andanza por nuestra tierra.

Tengo noventa y dos años y multitud de achaques. Como vosotros sabéis, cuando falleció vuestra madre, mi querida Luisa, mi vida se derrumbó.

Fueron cincuenta y tres años de matrimonio, por lo que es fácil de entender. Me costó mucho volver a levantarme cada día, pero con vuestra ayuda lo conseguí, pensando en disfrutar de los nietos, como vuestra madre hubiera hecho.

Aún me quedaban amigos con los que compartir un vino o una partida de dominó, pero esos amigos fueron desapareciendo y ya no queda apenas nadie. Mi movilidad es reducida y gracias a que Juana me cuida y me saca a diario con el tacataca aún puedo recibir algún rayo de sol, o alguna gota de lluvia, que también es bella.

Pero mis dolores van en aumento. Como sabéis el mieloma va avanzando, no tiene solución y ya no puedo más. Se que os preocupáis por mi y me animáis, pero creedme hijos, si he tomado esta decisión es porque ya he vivido mucho y he sido muy feliz. También es cierto, que ha habido momentos dolorosos, pero la vida es así, y el saldo de mi balance es positivo gracias a Luisa y gracias a vosotros y vuestras familias.

Ya no puedo más, los dolores son insoportables y mi futuro es muy negro. Y sinceramente, no quiero terminar mis días sufriendo. Quizás os sorprenda, pero comprendo perfectamente el sentido de la eutanasia, supongo que la cruda realidad me ha hecho pensar, que nada me gustaría más que acostarme un día y no despertar nunca más.

Cómo no puedo reclamaros esa ayuda, por muchas cuestiones que no ha lugar comentar en esta carta, he decidido poner fin a mi vida, sin aspavientos, con discreción y juntarme con vuestra madre y con mis seres queridos, en el más allá, si es que eso existe.

No os preocupéis por mi. Lo he dispuesto para que mi final sea tranquilo y espero no equivocarme y no sufrir en el momento definitivo. Para ello he consultado por internet y me he preparado un coctel de barbitúricos que me dejará primero colocado y luego noqueado.

Se supone que me dormiré dulcemente y si lo que he ingerido hace su juego correctamente, en una hora o poco más todo habrá terminado. Para evitar problemas, el último coctel que tomaré contendrá suficiente veneno para esquivar algún capricho del destino.

Mis queridos Jaime, Luisa, Gabriel y Margarita, me voy feliz gracias a vosotros. Habéis sido unos hijos extraordinarios de los que tanto mamá como yo hemos estado orgullosos siempre.

No os pido comprensión, porque se que con el tiempo me comprenderéis, aunque quizás sea necesario que pasen unos años.

No sintáis pena por mi, me marcho tranquilo y en paz, con el deber cumplido. Es importante que no lo dudéis: esto no es la locura de un viejo sino un plan meditado con pausa y relajación.

Un abrazo de vuestro padre que os quiere y os querrá siempre.

Interpretaciones

Un día de agosto, en la piscina comunitaria.

Juan baja a la piscina. Le llama la atención la socorrista. Se acerca a ella y tras una breve conversación se dan un abrazo y comienzan a charlar amigablemente. Al rato y aprovechando que la piscina está vacía ambos se sientan en el bordillo y charlan. Unos minutos más tarde, se levantan, se dan sendos besos en la mejilla y Juan se da un baño y luego va a su casa.

Lola, presencia la escena de Juan y la socorrista. Piensa en la jeta de su vecino Juan, “éste desde que se ha separado, le echa los tejos a todas”. La socorrista es muy mona y éste debe estar desesperado, ¡que vergüenza!, lo voy a comentar en el chat de las chicas. Y escribe de inmediato en el chat de las vecinas: “Estoy viendo a Juan el del tercero, ligando con la socorrista, ¡pero si podía ser su hija!”. Iniciando así, un animado hilo.

Estebán, presencia la escena de Juan y la socorrista. Caramba con Juan, ahí lo tienes, ligando con la socorrista. Este tío es un crack. Desde luego tiene buen gusto, que pájaro. A ver si luego hablo con él y me cuenta, porque parece que se lleva muy, pero muy bien, con la socorrista.

Juan baja a la piscina. Le sorprende la socorrista y se acerca a ella.

-¡No me lo puedo creer! Yoli, pero ¿Qué haces en nuestra piscina?

-¡Juan! Que sorpresa, ¿no me digas que vives aquí?

-Si, desde hace unos años. Primero vivimos en Zaragoza un tiempo y finalmente nos hemos instalado aquí. Pero ¿Y tú? ¿Al final te has venido a la costa? ¡Cuando se lo cuente a Ana, que mala suerte que hoy no está aquí!

-Pues yo trabajo de socorrista y estoy supliendo a Pablo, el compañero que está habitualmente con vosotros. Me vine a Alicante hace año y medio, bueno, cosas del amor jajaja, a mi chico le destinaron aquí, es militar.

Se funden en un cariñoso abrazo.

-Madre mía, la última vez que te vi tenías dieciséis o diecisiete años. ¿Cómo están tus padres? ¡cuéntame!

Yoli y Juan se sentaron en el bordillo y charlaron durante unos buenos minutos.

Juan y el padre de Yoli habían sido compañeros de trabajo durante unos cuantos años, en los cuales se veían con frecuencia junto a sus familias. De hecho, Yoli estaba en la pandilla de los hijos de Juan. Con el tiempo, Juan cambió de trabajo y se fue a vivir a otra ciudad con su familia y se distanciaron, pero dejando un bonito recuerdo en ambos.

Después de dar un repaso a sus vidas y hablar de Yoli y de los hijos de Juan, de sus estudios, trabajos, y de intercambiar los teléfonos, etc… se despidieron, pidiéndose mutuamente, que por favor, dieran muchos abrazos y recuerdos, respectivamente a sus padres y hermanos, así como a los hijos de Juan.

Y Juan se dio un baño.

Todo lo demás, son interpretaciones.

Versión casi original

Eran las tres de la mañana del viernes y estaba desesperado. No conseguía avanzar en el relato, ni concentrarme por mucho café que hubiera tomado.

En esas estaba, cuando de pronto oí un ruido tras de mí. Me giré y vi a un hombre ataviado con ropajes propios de la época en la que se desarrollaba mi historia. Pegué un brinco defensivo sobre la silla y el hombre me sonrió. Eso me calmó un poco. No parecía tener malas intenciones. Superado el susto y la impresión inicial, le saludé levemente con la mano y él me devolvió el saludo reverencialmente.

Fue entonces cuando el personaje comenzó a expresarse…

-Buena noche caballero, le ruego disculpe las formas ¿cómo está vuesa merced? Tal vez un poco desesperado, vive Dios, pero no ha de preocuparse, pues heme aquí para dar rienda a su ingenio, si me permite la osadía. En verdad, aparezco en su texto como un personaje secundario y creo que podría darle bastante juego, darle lo suyo, en definitiva.

-¿Qué significa eso de “darme lo mío”? ¿acaso va a agredirme? -repliqué asustado-

-No por Dios, que ocurrencia, como voy a pegar a quién me ha creado. Sería un necio si lo hiciera, a fin de cuentas, dependo de vos para mi supervivencia.

Le miré incrédulo y le dije,

-O mi memoria me falla o usted no está en mi relato, no me suena, la verdad, y por cierto, ¿cómo se llama? ¿de dónde ha salido?

-Mi nombre es Beltrán de Benavides y Rui de Comares para servirle. Procedo de Navalquijona de Rivotejo, mi padre, que falleció de tabardillo y que en paz descanse, era pegujalero y mi madre que también descanse en paz era bordadora. De ellos aprendí la humildad y la bondad. En mi juventud partí con el Conde de los Seisdedos y me bregué en la batalla hasta alcanzar el título de Caballero que el mismísimo Rey me concedió en aras a mi valentía y honor en la batalla. Y tiene usted razón, pues aún no aparezco en su relato. De hecho, no apareceré hasta el capítulo sexto. Y para eso estoy aquí, para recordarle que soy su hombre, su salvador, porque soy yo quien dará lustre a su obra, en medio de la barahúnda en la que su texto se está convirtiendo y no me lo tome a mal, pero hay ámbitos no muy creíbles. La discusión entre la casa de Clemente y la de Jordán por la martiniega que les quería cobrar por San Martín, el señor de Villavicencio no es baladí, como tampoco lo es la relación entre doña Emiliana y don Germán de Clemente, dado que este caballero en los tiempos en los que transcurre su obra, no era más que un niño. Hay que precisar más, amigo escritor. Además, su mención del morcajo no es muy apropiada, pues esa mezcla era propia de clases más humildes lo que no es el caso de sus protagonistas. No vale con usar esa vergüenza anticristiana que llaman la Wikipedia.

Me quedé anonadado y cuando reaccioné, le invité a sentarse y le ofrecí una bebida…

-¿Tiene hidromiel? -me preguntó-

-No -le contesté- pero le voy a preparar un brebaje delicioso.

Y preparé sendas copas con vodka y limón, con el ánimo de charlar toda la noche con él.

Desperté con un galopante dolor de cabeza al escuchar los golpes de la obra en casa de Miguel, mi vecino. Eso significaba que era lunes, pues los obreros acababan de iniciar su faena. Y por tanto eso quería decir, que había dormido más de dos días completos.

Al incorporarme encontré un enorme montón de hojas escritas a mano con una letra redondilla maravillosa y sujetadas con una cuerda terminada en un lazo.

Recordaba vagamente lo sucedido o lo que había soñado. Una vez después de ducharme y desayunar, comencé a leer las hojas, una tras otra, las más de cuatrocientas que componían el montón.

Lo que leí era sencillamente maravilloso. Una historia de amor, pasión, venganza y misterio desarrollada en el siglo dieciséis. Me llevó mucho tiempo pasarlo a Word para conservarlo en el portátil, pero mereció la pena.

No tuve que retocar absolutamente nada. Así tal cual, la envié por email a la editorial a los pocos días. Y precisamente ayer me han llamado para darme la enhorabuena por la originalidad del texto y para adelantarme que probablemente la historia llegue pronto a convertirse en un libro. Mi primer libro. Aunque honestamente dudo y mucho, sobre mi autoría real.

Lo cierto es que no puedo contarle a nadie la visita de don Beltrán de Benavides y Rui de Comares, pues pensarían que estoy completamente loco.

Pero nunca olvidaré ese nombre. No se si fue real o fue fruto de un sueño, o de mi cansancio o de mi imaginación. No tengo ni idea. Pero si me publican el libro, le dedicaré la obra a tan sugerente personaje.

El Manitas

Terminaban los años setenta, con aires de libertad. Yo era un jovenzuelo que acompañaba a mis hermanos y amigos en esos veranos en San Lorenzo de El Escorial, en una pandilla heterogénea en edades.

Una visita obligada era la taberna de El Manitas, que regentaba un hombre buenísimo, que se llamaba Víctor y que nos esperaba tras su barra, para ofrecernos su cerveza, sus aceitunas y especialmente ese “quitapenas” que estaba delicioso.

En esos años, bebíamos todos, porque con los menores de edad, se hacía la vista gorda. Supongo que no era lo correcto, pero siempre he pensado que la inocencia con la que hacíamos las cosas era prioritaria, sobre todo lo demás. Eran otros tiempos, claro…

Así que, ante mis hermanos mayores y el propio Víctor, me tomaba un refresco y luego remataba con ese moscatel tan rico.

Tras la pequeña barra de madera tallada, recubierta de latón , se encontraba Víctor, cuyo apodo El Manitas correspondía al tamaño enorme de sus manos, derivado de la acromegalia que sufría, pero que nunca le hizo perder su sentido del humor y su bondad.

La taberna era pequeña, apenas cuatro mesitas redondas y sus respectivas sillas, pero el ambiente de amistad que se respiraba era impresionante.

Comentando con uno de mis hermanos, que iba a escribir sobre esta taberna, me sorprendió diciéndome que tenía una foto de Víctor que había conseguido de “nosedonde”. Le pedí que la buscara y por fin la encontró y es la que acompaña este texto. No os exagero si os digo que me emocionó verla.

Porque esa foto de Víctor tras su barra, es una parte de mi paso por la adolescencia, un recuerdo lejano, pero preciso, de esos tiempos que no volverán.  

¡Va por ti Víctor!

Juventud robada

Lo que más nos sorprendió fue la manera de comer del pequeño, parecía que no hubiera un mañana.

Se adaptaron rápidamente, esa era la ventaja de ser niños. También influyó encontrarse con mis hijos, en edades parecidas.

Fue sorprendente la facilidad con la que aprendieron español.

Fueron dos meses fantásticos, en los que los niños disfrutaron muchísimo.

Tan buena fue la experiencia que la repetimos.

Y así, a lo largo de cinco veranos, creamos un sólido vínculo con los hermanos acogidos y con su madre.

La última vez que los vimos fue en 2.018.

Teníamos previsto ir nosotros a conocer su país, pero luego vino la pandemia y se cancelaron los planes.

En la última Navidad tuvimos una alegre videollamada entre todos, que no hacia presagiar lo que sucedería dos meses después.

Nataliya tiene veintidós años. La semana pasada hablamos con ella y nos dijo que había cruzado la frontera de Polonia, junto a su madre, su tía y sus primas.

El pequeño Oleksi cumplió hace poco veinte años. Ya tiene edad para combatir.