Cari

-Cari, ¿te apetece que vayamos bajo el árbol un ratito tu y yo?

Pedro me llamaba Cari y siempre que podía, aprovechaba para echarme los tejos. Yo lo tomaba como un cumplido. A sus ochenta y seis años y con la mente perdida la mitad del día, sus palabras eran casi un elogio.

Una tarde en la residencia de mayores donde trabajo, recibí una llamada interna. Era Loli de recepción. Al parecer había una mujer que quería ver a Pedro a toda costa. A pesar de que Loli le explicó que las visitas estaban prohibidas para quiénes no fueran familia directa, la mujer insistía, así que tuve que bajar como responsable de la planta.

La encontré sentada en un sillón y me presenté.

-Buenas tardes soy Almudena, creo que quiere ver a don Pedro S. pero como le ha explicado la recepcionista, las visitas son restringidas y solo se permiten a familiares directos.

-Si entiendo. Verá me llamo Rosa y soy…. bueno fui amiga de Pedro. Me gustaría verle, aunque fuera un minuto. He venido desde lejos para ello. Comprendo las restricciones, pero si usted pudiera permitirme que…

Acompañé a Rosa a la puerta. Por el rabillo del ojo, vi que dos lagrimas caían por sus mejillas y recordé que Pedro solo tenía la visita de su hija una vez al mes como mucho. Porque su hijo ni aparecía. Por lo que, ya fuera en el jardín, le dije,

-A ver doña Rosa, le propongo una cosa. Ve ese banco, al lado del olivo. Siéntese y le prometo que le bajaré a don Pedro en su hora de paseo, pero por desgracia eso no será hasta las seis de la tarde. ¿Quiere esperar o …?

-Esperaré -dijo Rosa con su cara iluminada.

Las nieves de enero y las lluvias posteriores habían dado paso a una primavera especialmente bella y florida. Puntualmente bajé con Pedro en su silla de ruedas y nos dirigimos al banco en el que se encontraba Rosa, que al vernos se incorporó lentamente.

Coloqué frenada la silla a una distancia prudente del banco y advertí a Rosa que no podría alejarme, pero ella lo comprendió. Fue entonces cuando me preguntó si podría quitarse la mascarilla, al menos un momento, para ver si Pedro la reconocía.

Eso estaba fuera de los límites de lo permisible, pero aprecio a don Pedro y decidí excederme permitiendo que Rosa se quitara la mascarilla, aunque solo fuera unos segundos.

Y Rosa se dirigió con ternura a Pedro,

-Pedro ¿me reconoces? Soy Rosa de La Coruña. He venido a verte – y le ofreció la mejor de sus sonrisas-

Pedro, la miró fijamente unos segundos y contestó,

-No sé quién es esta señora y prefiero que se marche, yo solo quiero estar con mi Cari un ratito a solas…

Explique a Rosa que Cari era como Pedro me llamaba a mí y le dije que sentía que no la hubiera reconocido, pero que no podía hacer más y que en cumplimiento de las normas de visita, era mejor que se marchara.

En la puerta de salida a la calle, charlamos brevemente

-Almudena, quería pedirle un favor, si es usted tan amable. Le voy a dar mi número de teléfono. Y si le pasara algo a Pedro, por favor ¿podría llamarme?

-Claro Rosa, por eso no se preocupe. Yo también tengo una pregunta y disculpe si la considera una intromisión. A Pedro solo le visita de vez en cuando, su hija. ¿Qué relación tiene usted con él?

Rosa se quedó pensativa y me dijo,

-Pedro y yo fuimos amantes durante nada menos que treinta años. Yo vivía en La Coruña y Pedro en Madrid, pero viajaba con frecuencia a Galicia porque era directivo del Banco Pastor. Fueron años complicados, pero a la vez felices. Él estaba casado y yo también. Ninguno de los dos fuimos capaces de actuar y dar rienda suelta a nuestros corazones. Pero Pedro ha sido el amor de mi vida. Hace poco gracias a mi nieto, contacté con la hija de Pedro a través del “feisbuc” ese. Yo no uso esas cosas, pero mi nieto sí y me prometió que intentaría localizarla y entonces fue cuando me enteré de que Pedro estaba aquí. Sentí que quería verle por última vez aunque ya no me reconociera. Y créame, Almudena, me voy feliz y jamás podré agradecerle que se haya saltado las normas para darme esta oportunidad.

Me emocionó la historia, pero pronto tuve que regresar a mis ocupaciones y me despedí de Rosa, para después agendar el teléfono de esa mujer que había hecho setecientos kilómetros por amor.

Cuando me acerqué a Pedro, le vi con la vista perdida y los ojos enrojecidos. Estaba murmurando algo, pero era difícil de entender. No quise quitarle de sus pensamientos, pero me acerqué a él y entonces entendí nítidamente lo que murmuraba:

-Rosa, Rosa, Rosa, Rosa …

De pronto dio un respingo sobre la silla de ruedas y me miró con su mirada traviesa y me dijo:

-Cari, ¿te apetece que vayamos bajo el árbol un ratito tu y yo?

De madrugada

Estaba pasándolo de maravilla con toda esa gente variopinta. Ahí estaban mi abuelo aunque más rejuvenecido de como lo vi la última vez. Y mis primos. Y algunos compañeros de colegio, entre ellos mis mejores amigos. Incluso mi primera novia y el profesor de química y la vecina del pueblo de mi madre, con su hija que no me quitaba ojo de encima. Y algunas personas que no lograba reconocer, aunque sus facciones no me eran del todo desconocidas.

Es cierto que había una falsa temporalidad entre esas personas, pues algunos de ellos no hubieran coincidido jamás entre sí, pero me daba igual. Lo más sorprendente fue ver y abrazar a Juan, mi amigo del alma. Pero el abrazo me produjo un escalofrío. Entonces me dirigí a él y a todos los demás y les supliqué:

-Os tengo que dejar un momento, solo será un momento, por favor no os vayáis

-¿Qué sucede preguntó Juan?

-Me estoy meando -respondí sonriendo-

-Todos rieron conmigo

A duras penas y sin abrir los ojos, me levanté y fui al cuarto de baño. Hice mis necesidades y rápidamente me volví a meter en la cama. Sentía frío. Me tapé con la manta hasta la nariz.

Y me concentré en volver al lugar donde estaba hacía apenas un par de minutos.

Vi unas sombras, aunque en un par de ocasiones conseguí algo de nitidez…

-No os vayáis, no me dejéis, quiero seguir con vosotros…

No hubo respuesta. No recuerdo más.

A las siete de la mañana sonó el despertador. Otro día más.

De repente sin causa que lo justificara, me acordé de Juan. Y de la pena que me produjo su muerte en un accidente de tráfico.

Apenas en unos minutos, me envolvió la rutina de un nuevo día de trabajo.

Gente decente

Alguna ciudad de España, en 1.973

Hubo novedades en casa de don Miguel M. de J. y V.

Milagros, la esposa y Mercedes, la hija, entraron en el despacho donde Miguel leía la prensa del domingo.

-Miguel, ¿podemos hablar contigo?

-Joder, ya no puedo ni leer el periódico tranquilo, a ver decidme que pasa esta vez.

Milagros tomó la palabra,

-Miguel, no se como ha podido pasar, pero la niña…. la niña está embarazada

Miguel, cerró pausadamente el periódico y se llevó las manos a la cabeza.

-¿Qué cómo ha podido pasar? Pues como va a ser, fornicando, nuestra hija es una puta, eso es todo, un zorrón. Y tú mosquita muerta ¿sabes quién es el padre? ¿o te has follado a medio colegio?

Mercedes intentó articular una palabra, pero no pudo.  Milagros quería razonar, cuando Miguel, dio un fuerte puñetazo en la mesa y dijo,

-No quiero saber quién es. La culpa es tuya Mercedes, por puta y se acabó el tema. No quiero saber nada más de esto. Tú mosquita muerta, no se lo digas a nadie, me entiendes a nadie y tu Milagros, maldita madre protectora, esto es también culpa tuya por tu manía de estar siempre disculpando a los hijos.

Respiró hondo y dirigiéndose a ambas añadió.

-Milagros, nosotros somos gente decente, arréglalo y punto. ¿Te queda claro? Habla con Tina, ella sabe donde arreglar estos problemas y hazlo cuanto antes y chitón con contarle esto jamás a nadie. Esta broma nos va a costar una pasta. Y tu Mercedes, acaso sabes idiota, lo que cuesta el avión a Londres, la clínica donde te van a arreglar “eso”, cuesta un dineral, que pienso cobrarte en su momento.

-Pero… dijo Mercedes

-No hay peros, reaccionó violentamente su padre, ¿acaso quieres traer al mundo a un hijo de puta? Y da gracias que no te cruzo la cara, pero ya me pensaré el castigo que te mereces.

Salieron de la habitación.

Dos horas más tarde, la familia al completo, padre, madre y los seis hijos, perfectamente trajeados se dirigieron a la parroquia, a la misa de 12. Se sentaron en las primeras filas y siguieron con interés la ceremonia. Al término se celebró un pequeño ágape como era costumbre el primer domingo de cada mes.

Con una copa de vino en la mano, Miguel conversaba con don Aparicio el sacerdote y con otros dos fieles…

-Tienen ustedes razón, que vergüenza de país inmoral, donde vamos a llegar con este liberalismo trasnochado que algunos quieren implantar, como Fraga que es un bolchevique disfrazado, créanme se lo digo yo. Ojalá el caudillo tuviera treinta años menos, otro gallo nos cantaría…

Inspiración alternativa

El pintor J.W. Langenburg estaba desesperado. La crisis del mercado del arte, había agravado su incapacidad para encontrar nuevas temáticas.

Su proverbial creatividad estaba por los suelos.

Él mismo, se sentía imposibilitado para emocionar y para estimular a los demás, a través de su obra.

Fue entonces, cuando acuciado por las deudas, sentenciado por los críticos y olvidado por los galeristas, Langenburg comenzó a falsificar obras de otros artistas y a venderlas en el mercado negro.

Se hizo millonario.

Fin de la función

La representación fue un éxito, el público puesto en pie aplaudía con fuerza. Sonsoles Ridruejo, la veterana actriz, saludaba desde el escenario a sus ochenta y cinco años.

Pero no todo era felicidad. Natalia la actriz que daba réplica a Sonsoles, estalló en cuanto regresaron al camerino. Félix el director de escena la intentaba calmar.

-Félix tienes que decirle algo, hoy se ha olvidado varias veces de su texto y he tenido que lidiar con lo mío y con lo suyo, echándole varios capotes. Eso me genera una gran tensión, que repercute en mi actuación. Llevamos así más de dos meses y lo sabes.

-Te entiendo Natalia -contestó Félix- pero ya sabes cómo es y el carácter que tiene, además el público la adora y no parece que se hayan percatado de nada.

-El público no tiene ni idea y no conoce la totalidad de la obra. Por Dios Félix, eres el director, si no pones remedio, pensaré si continuo con las representaciones. Yo de verdad que aprecio a Sonsoles, pero su tiempo en la escena ya pasó. Deberías hacer que la sustituyera Amelia Díaz, que lo hizo muy bien, cuando Sonsoles estuvo de baja por lo de la pierna.

Félix tenía por costumbre acompañar a Sonsoles hasta el Uber que la llevaría a su casa, pero esta vez, le propuso tomar algo en la Taberna de Abantos y ella aceptó. Su entrada en el bar fue apoteósica, los clientes la reconocieron y prorrumpieron en aplausos.

Más serenamente y degustando unas croquetas caseras y un vino de Ribera, Félix le expuso a Sonsoles, la situación creada con sus olvidos del texto. Y ella no se amilanó en absoluto.

-Ya… entiendo…y eso te lo ha dicho la guapita de Natalia ¿verdad? Claro ella es joven y muy mona y yo un vejestorio…pero la respuesta la tienes aquí mismo Félix. El público me quiere, me adora, me aplauden por la calle. ¿Quién adora a Natalia? Supongo que alguno de los maromos con los que sale. ¿No me digas que a ti también te pone, Félix?

Félix iba a increparla por ese desafortunado comentario, pero Sonsoles, alzó la voz y añadió…

-Elige Félix, o llenas a diario el teatro conmigo, o le das las ínfulas a la niña esa. Tuya es la elección Félix, porque yo soy la que lleno el teatro, no te olvides. ¿Qué coño importa que algún día se me haya olvidado un par de líneas? Yo soy Sonsoles Ridruejo y moriré en un escenario.

Genio y figura, se levantó sin dejar a Félix que dijera nada, derramando el vino sobre la mesa y saliendo del local como una diva.

El día siguiente era el de descanso para la compañía. Esa misma mañana el diario “La Gaceta Mundial”, publicó en las páginas de cultura, una entrevista con Natalia acerca de la obra que representaba. En medio de la entrevista, Natalia dejó caer los problemas de memoria de Sonsoles y lo que ello suponía para la calidad de la representación, ante lo que llamaba “pasividad” del director de escena. Por si fuera poco, esa misma noche Tele-8 se hacía eco de la entrevista en un amplio reportaje.

En la representación del día siguiente, se oía un “run-run” por el patio de butacas. Y cuando la obra comenzaba, fue interrumpida por la salva de aplausos que dedicó el público a Sonsoles Ridruejo. 

Era obvio que la dura crítica de Natalia a la diva, no había hecho mella en el público.

Finalmente, la obra pudo comenzar, aunque con casi veinte minutos de retraso.

Al término de la misma, mientras las actrices saludaban, Sonsoles mando callar al público, gesticulando con la mano. Hecho el silencio, tosió y dijo:

-Querido público, llevo más de sesenta años en escena. Son muchos años, en los que he recibido vuestro cariño y respeto. Las críticas vertidas ayer por mi compañera de reparto han sido crueles y me han dolido mucho, pero debo reconocer que en algo tiene razón, pues a veces mi memoria no acompaña al texto y eso es verdad que genera una situación tensa y difícil.

Y dirigiéndose a Natalia, añadió,

-Natalia cuando pisé por primera vez un escenario, es probable que ni tus padres hubieran nacido. No voy a comparar mis sesenta años de escenarios de toda España y mis más de cincuenta películas, con tu lánguida experiencia teatral y la adquirida en alguna serie televisiva para adolescentes. No dudes nunca, que es el público el que decide. Permíteme al menos un consejo, ten un poco de humildad y otro poco de respeto hacia mi persona. Creo que tienes un gran futuro, trabájalo con pasión, pero no intentes ganar batallas en los periódicos ni en la televisión, porque las batallas de los actores y de las actrices, se ganan aquí y solo aquí, en el teatro.

El público respondió con una ovación de casi treinta minutos. Al día siguiente, lo sucedido en el teatro fue portada de periódicos y noticieros.

Sonsoles Ridruejo se tomó un descanso de cuatro semanas y fue reemplazada por Amelia. Y Natalia abandonó la obra, poco antes de la gira nacional.

Estrategia

-¡Mía! -Gritó Sergio, el número 10 mientras tomaba con mimo el balón para posarlo suavemente sobre el césped.

Su compañero, Quique, el número 8 se lo recriminó,

-De eso nada, quedamos que estas faltas las lanzaría yo, no me jodas Sergio, que soy el experto.

Y entonces Sergio, se sinceró con su compañero…

-Quique por favor, déjame que la lance yo, ¿sabes quién es el portero? Es el tipo que sale con Alicia, el cabrón que me quitó a mi novia…

-Ya y quieres marcarle un gol, como venganza

-De eso nada, lo que quiero es darle un balonazo en los huevos, que le deje doblado.

A lo que Quique repuso sereno,

-Si de eso se trata Sergio, déjame que sea yo quién la lance y tú vete al área al remate, que este tío se va a enterar.

Quique tomó carrerilla y lanzó un pelotazo violento que sorteó la barrera y fue directo al cuerpo del portero, que apenas vio el obús que se le venía encima. El impacto en sus partes pudendas fue duro. Sergio pilló el rechace y con fuerza dio un puntapié al balón que se estrelló en la cara del portero, y en el segundo rechace, el propio Sergio marcó el gol decisivo.

Instantes después, mientras el portero, se dolía en el área de sendos balonazos y Sergio abrazaba a Quique y festejaba el gol con el resto del equipo, la radio local, retransmitía: “golazo de estrategia, de pura estrategia, como se nota la mano del entrenador Ramírez, estos chicos prometen”.

Desde el patio

¿Me cuentas por qué estás aquí Dennis? Me parece que tenemos tiempo de sobra.

El que hablaba era Bob, estaba condenado por asesinato y se había convertido en un fiel compañero de paseos por el patio de la cárcel, en los ratos de descanso.

Así que decidí contarle todo…

Linda y yo nos divorciamos hace unos cinco años. Ella se fue con Jimmy a vivir a Tulsa, donde este cabrón tenía negocios. Yo me quedé jodido, lo reconozco y busqué consuelo en la bebida. Por suerte, mi madre me ayudó a superarlo.

A pesar de todo, siempre tuve buenos recuerdos hacia Linda y sé que siempre la llevaré en mi corazón, pero a decir verdad, yo no pude ofrecerle casi nada, mientras que Jimmy tenía dinero y una vida más ordenada que la mía.

Hace casi un año, Linda apareció por casa llena de morados y varios cortes y muy nerviosa. La calmé y la curé. Me explicó que la vida con Jimmy se había convertido en un infierno. Le propuse acompañarla a la comisaría a poner una denuncia, pero no quiso hacerlo. Entonces hablé con el sargento Pearson y le pedí que viniera a casa para hablar con Linda. Y lo hizo. Pearson me pidió que les dejara a solas.

Pero para mi sorpresa, Linda le contó una historia muy diferente, le dijo que se había tropezado y se había caído varias veces.

-No puedo hacer nada Dennis, en tanto ella no cuente otra versión, lo siento. Esas fueron las palabras de Pearson al despedirnos.

Linda no quiso hablar más del tema y regresó a Tusla al día siguiente. Una tarde en el almacén de Muriel, Arthur amigo de batallas juveniles, me pidió que pasara a la trastienda. Hombre recto y de pocas palabras, fue directo al grano: – ¿sabes que Pearson y la pareja de Linda son socios en varios negocios oscuros? Tabaco, droga, hasta venta de coches robados como si fueran usados. Ten cuidado Dennis, Pearson no es trigo limpio. Lo se de muy buena tinta.

Cuando al poco tiempo, me enteré de que Linda estaba en el hospital por “otra caída”, hablé con Pearson y al decirle que conocía sus negocios con Jimmy, por fin se sinceró, diciéndome que Linda ya no era mi problema y que me olvidara de ella para siempre, salvo que quisiera meterme en un buen lio. “Estás avisado” me amenazó.

Al poco tiempo, fui detenido por la policía encabezada por Pearson bajo la acusación de intento de homicidio contra Linda, algo completamente falso. Habían decidido eliminarme de la escena, porque debido a mi interés por Linda, me había convertido en una mosca cojonera.

En la vista inicial, se presentaron testimonios de quiénes me habían visto en Tusla merodeando por la casa de Jimmy y Linda, lo cual era una verdad a medias. Es cierto que me desplacé un par de veces, pero jamás le haría daño a Linda. Aunque lo peor fue un testigo que decía que me vio agredirla con una barra de hierro, causándole las heridas por las que había sido hospitalizada. Otra mentira terrible.

El juez me impuso una fianza de 50.000 dólares que obviamente no pude pagar. Pero mira por donde, el picapleitos que me tocó era un fenómeno y encontró un defecto de forma en el procedimiento, que me permitió salir a la calle en una semana, en espera de un nuevo juicio de instrucción.

Y aproveché el tiempo, eso te lo aseguro. Si querían guerra la iban a tener. Muy furioso me desplacé a Tusla con mi revolver y encontré facilmente a Jimmy. Le pregunté el por qué de su maltrato a Linda. Su respuesta fue intentar agredirme, así que le metí dos disparos dejándolo seco. Y lo mismo hice con su hermano que salió en su defensa. Luego busqué y localicé al vecino que me acusaba de agredir a Linda en un supermercado. Esperé pacientemente a que saliera al parking, porque no quería herir a nadie innecesariamente. Y acabé con él.

Regresé al pueblo velozmente, y antes de que se propagara la noticia, vigilé escondido hasta que encontré la oportunidad de liquidar a Pearson cuando se dirigía a su casa. A diferencia de lo que pasa en las películas, no le di opción ni a abrir la boca.

Y luego yo mismo me entregué a la policía, antes de que me buscaran. Cuando has caído a lo más hondo del pozo, la vida ya te da lo mismo.

Y aquí me tienes, cadena perpetua, pero con la conciencia del deber cumplido.

Bob se quedo impresionado por lo que acababa de escuchar, pero le quedaba una pregunta,

– ¿Y qué fue de Linda?

Resoplé y sonreí con fragilidad, como cuando se rompe un cristal.

Me falta un detalle en todo lo que te he contado y es muy importante. Cuando me cargué a Jimmy y a su hermano, fue en presencia de Linda y para mi sorpresa, se lanzó sobre el cuerpo de Jimmy y comenzó a llorar. Luego se puso de pie y empezó a aporrearme con los puños, diciéndome que le había jodido la vida otra vez y que era un maldito asesino.

Me quedé a cuadros, porque no lo esperaba y porque pensaba proponerle que nos fugáramos juntos a Sudamérica. Entonces Linda levantó el teléfono para llamar a la policía y … yo instintivamente apreté el gatillo.

Bromas

Fermín llevaba más de treinta años de marinero. Era un hombre recio y musculoso.

A punto de jubilarse, decidimos darle una sorpresa. Pusimos dinero y le compramos entre todos un reloj modernísimo de esos que además de la hora, te miden pulsaciones, temperatura, pasos y que se yo. Y junto a él, un vale de una estancia de quince días en Fuerteventura en un resort de cinco estrellas. Se lo había ganado, todos le teníamos en estima, a pesar de que a veces tenía un carácter endiablado.

Fermín fue siempre un bromista y por eso, a Arsenio se le ocurrió que, para tener buen ambiente, le gastaríamos primero una broma. Saldríamos con el barco por la costa y en el momento propicio le tiraríamos por la borda al mar y cuando subiera de nuevo, le bañaríamos en cava y le daríamos los regalos y por supuesto haríamos un video para subir a Instagram.

Creíamos que sería una sorpresa divertida y que nunca olvidaría.

Pero las cosas no salieron como esperábamos porque, una vez que lo lanzamos al agua y aunque Fermín sabía nadar, comenzó a hacer gestos con los brazos, pero como era un bromista empedernido, pensamos que se trataba de otra más y cuando nos quisimos dar cuenta de que no estaba de broma, ya era tarde. Txema y el Nano se lanzaron a la mar y lo recogieron por los hombros, pero para entonces su pulso era mínimo.

Lo subimos al barco y compungidos y llorosos, nos desesperamos en hacerle maniobras de recuperación, cuando de repente, resultó que Fermín el casi muerto, de muerto no tenía nada. Y comenzó a gritar y a reírse, diciendo:

-Os la he metido jajaja, os la he metido doblada, panda de cabroncetes. ¿Creíais que ibais a poder conmigo? Soy el mago de las bromas, anda que no os queda por aprender, pringaos jajaja

Entonces Arsenio miró a Txema, éste miró al Nano, éste miró a Gonzo, éste miró a Petrus y esté miró a Arsenio.

Entre todos cogieron a Fermín y le lanzaron de nuevo al agua, mientras Petrus entraba en la cabina para dar potencia al motor.

-¿No quieres bromas? Pues ahí tienes una y bien gorda, bramó Txema.

-¿No nos habremos pasado? Preguntó Arsenio.

-Que no, hombre que no, que Fermín nada de puta madre, total son algo más de doscientos metros, si está cachas el cabrón.

Fermín se enfadó cuando vio que el barco se alejaba velozmente.

Y se asustó cuando se sintió rodeado de un grupo compacto de “carabelas portuguesas” cuya picadura paralizante, podía ser mortal…

 

Concurso

Tengo miedo, sé que soy capaz de cualquier cosa, pero siento que estoy llegando a mi límite. Esto es mucho más duro de lo que yo pensaba, cuando me inscribí en el concurso.

Cualquier error supone la eliminación del juego, pero cuatro errores consecutivos, supone la eliminación física. Es verdad que el premio merece el riesgo, pero debo controlarme más y mejor.

Ayer cometí tres errores, uno más y no lo estaría contando. Llevo ya sesenta y dos programas, que he superado a duras penas. He visto caer a concursantes espléndidos, por errores en preguntas aparentemente sencillas. Esto es un todo o nada, pero no puedo permitir que me atenace la responsabilidad.

Hoy compito contra Lola en la gran final, pero Lola es una concursante temible y que me odia, porque su pareja fue eliminada jugando contra mí.  Será un duelo largo y sin límite de partidas.

El que venza completará el rosco y se llevará el premio de dos millones de criptólares y especialmente obtendrá la enzima B2Gh77 que permite ser inmune a las pandemias que azotan la tierra.

El que pierda, deberá quitarse la escafandra y respirar el aire viciado, lo que supondrá una intoxicación lenta.

Me cuentan que hace unos cincuenta años, este concurso era muy entretenido y no había mayor riesgo para los concursantes.

Curiosamente se llamaba igual que ahora “Pasapalabra”, pero era totalmente distinto. 

De Boda

Yo Margarita, te quiero a ti Manuel, como esposo y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.

Yo Manuel, te quiero a ti Margarita, como esposa y me entrego a ti, y prometo, y prometo… y prometo…a ver… yo voy a intentar serte fiel ¿vale? lo voy a intentar, en la prosperidad y en la adversidad, y todo eso, hasta que la muerte nos separe.

El cura atónito, dijo por lo bajito,

-Pero Manuel esa no es la fórmula oficial,

-Ya lo sé don Anselmo, pero que quiere que le diga, yo lo voy a intentar, pero ante todo, quiero ser sincero y además ya sabe que “la cabra tira al monte”.

Margarita asintió y le dijo a don Anselmo,

-Padre, si algo valoro de Manuel es su sinceridad, a mí me vale así.

-Quede, así pues, replicó el cura mientras se santiguaba tres veces seguidas.