Muerte de un cuadro

Hace unas semanas acudí a una charla sobre arte, que me dejó algunas interrogantes.

El ponente fue contundente en su afirmación:

-Este cuadro está muerto. Un cuadro terminado es un cuadro muerto desde el punto de vista del autor.

-No le entiendo -replicó una oyente- Un cuadro comienza a vivir en los que lo ven a partir de estar terminado. En su interpretación, en su carga de emociones, en su …

El ponente la interrumpió,

-Verdad, pero a medias. Para el autor el cuadro es un ente desde su inicio a su final. Porque parte de una única idea a desarrollar. Por eso una vez terminado ese cuadro queda muerto. Para la gente que lo ve es diferente, no es un ente, sino varios que se superponen. No solo porque quién lo ve hace una interpretación personal del mismo. Sino que cada vez que lo ve, esa interpretación va cambiando. ¿Recuerda usted que sintió la primera vez que vio un cuadro, una gran obra? ¿Recuerda usted lo que sintió las veces posteriores? No fue lo mismo, es imposible. Cada vez que lo ve, es como las puestas de sol, no hay dos iguales. Tal vez parecidas desde un punto de vista físico o anímico, pero no iguales. El arte es una visión del mundo del artista, una manifestación de su personalidad, de sus ilusiones, de sus traumas, incluso de su conciencia.

Levantó la mano otra oyente,

-Entonces usted quiere decir que una obra muere desde el momento en que se termina. Si eso fuera así, ¿están muertas las obras de Renoir, Picasso, Tiziano o Velázquez, por poner unos ejemplos?

-No, en absoluto -contestó el ponente-. Observe que yo hablo de cuadro muerto, no de obra muerta. El cuadro inexorablemente muere. Pero la obra perdura en quiénes la ven. Aquí subyace la diferencia entre un cuadro y una obra. Nosotros vamos dando vida a las obras cada vez que las vemos. Esa es la clave.


Imagen de Lutz en Pixabay


La escalera

Estábamos en los postres, cuando me levanté para ir al cuarto de baño.

Abrí la puerta y me encontré sentado en un escalón de una escalera mecánica infinita que estaba detenida. Mi primera opción fue salir por donde había entrado, pero el acceso ya no existía. Todo era muy extraño. Intenté avisar a través de mi móvil, pero estaba apagado y no pude encenderlo de nuevo. Al final de la escalera se divisaba otra más y luego otra…

Sorprendido y no niego que preocupado, comencé a ascender por los altos peldaños ya que no vi botón ni mecanismo alguno que la pusiera en marcha. Pero cada peldaño que subia era un esfuerzo. De repente miré y a mi izquierda vi a un hombre que me miraba. Estaría sobre los cuarenta años, barba cuidada, traje chaqueta gris, camisa azul claro con una corbata demasiado llamativa. Nos quedamos mirándonos, hasta que entablamos la siguiente conversación…

-Hola Ernesto ¿cómo le va? ¿preparado para el viaje?

¿Cómo sabe mi nombre? ¿de que viaje habla? Yo solo iba al cuarto de baño a mear, cosas de la próstata, cada vez aguanto menos. Estaba cenando con un grupo de amigos y de repente me encuentro aquí y usted me viene con un viaje a que se yo. ¿Quién es usted?

-No se preocupe Ernesto, para eso me tiene a mi, para que le explique con detalle lo que está sucediendo. Escuche con atención y si puede evitarlo, no me interrumpa. ¿De acuerdo?

Ernesto asintió.

-Bien, quién yo sea no es relevante, pero puede llamarme Héctor si eso le tranquiliza. Se encuentra usted en el camino de tránsito entre la vida y el más allá que se encuentra al final de esta enorme escalera. ¿Ha oido hablar de la luz que se ve al final del tunel y todo eso? Pues olvídelo, son pamplinas. Este es el único camino.

Está aquí porque ha sufrido un infarto y se ha desplomado en el baño. Eso es grave y por eso se encuentra usted aquí en la rampa de subida y aquí seguirá hasta que reciba noticias de los agentes de la vida que me informarán de lo que está pasando. La última noticia es que estaba usted solo en el suelo del baño, pero hay alguien en su grupo de amigos que se ha empezado a preocupar. Veremos como termina la cosa.

Si usted fallece no debe preocuparse, no habrá sufrimiento, llegará a la frontera y una vez preparada la documentación, podrá reunirse con sus seres queridos, como sus abuelos, su padre, su amigo Pepón y tantos otros que le han dejado anteriormente. Esto es importante porque en la frontera no hay relación temporal y aunque su abuelo falleciese hace casi treinta años usted le verá tal y como le recuerda.

En cuanto a los seres queridos que dejaría, le llorarán eso es lógico, pero volverá a reunirse con ellos en cuanto fallezcan porque ellos también habrán de subir por esta escalera, igual que usted, igual que todos. Y créame en la frontera no se vive nada mal.

Un momento Ernesto… tengo noticias, me indican que le han encontrado en el baño, han llamado a emergencias pero hay alguien que le está intentando reanimar, es todo cuanto veo ahora.

Ernesto, se mesó la barba…

-Entonces, ¿me está diciendo que estoy muriéndome? Que mi vida se acaba, que no volveré a ver a Nuria ni a Juan ni a Laura, ni a mi madre. Y comenzó a sollozar.

Héctor, le recordó que los volvería a ver en algún momento y volverían a estar juntos.

De repente, sonó el comunicador de Héctor,

Si dime ….. ajá……ajá….. caramba….. ok tomo nota. Si por aquí todo bien, Ernesto es un buen tipo. De acuerdo, voy para allá.

Y sin despedirse de Ernesto, desapareció.

Ernesto se desvaneció en un sueño profundo…

Abrió los ojos y se sintió cansado y mareado. Estaba entubado en la cama de un hospital, apenas podía moverse. Una enfermera le saludó y acto seguido aparecieron un hombre y una mujer que se presentaron como doctores.

-Hola Ernesto, somos la doctora Ochoa y el doctor Gutiérrez. Ha sufrido usted un infarto de miocardio mientras estaba en un restaurante, por suerte alguien le hizo los primeros auxilios. Ahora está controlado y sus constantes mejoran con la medicación. Está usted en la UCI y fuera de peligro. En dos o tres días si todo sigue su curso, le pasaremos a planta. Por cierto, hemos avisado a su esposa para que venga a verle aunque sea unos minutos. Ahora descanse. El personal de enfermería está pendiente de usted. Nosotros volveremos a primera hora de la tarde. Descanse, descanse, descanse….

Ese sábado se hizo una pequeña reunión de familia y amigos en casa de Ernesto. Hacía tres semanas que había salido del hospital con el alta bajo el brazo. Apenas recordaba lo que había sucedido. Ahora debía empezar una nueva vida con algunas precauciones, unas médicas y otras de sentido común.

En animada conversación, su amigo Pablo comentó

-Lo que fue importante fue  el tipo ese que te hizo maniobras de reanimación en el suelo del restaurante.

-Así es -concluyó Nuria la esposa de Ernesto- los médicos nos han dicho que fue decisivo y lo malo es que no sabemos quién es para al menos, poder darle las gracias.

A lo que Pablo añadió,

– Estaría sobre los cuarenta años, barba cuidada, traje chaqueta gris, camisa azul claro con una corbata demasiado llamativa. Ahora recuerdo que le llamaron al móvil y contestó como Héctor…

Meñique

Estamos en paz.

Esa frase me tranquilizó. Por fin había saldado la deuda de mi padre.

Me disponía a salir del despacho cuando, uno de los ayudantes del prestamista se interpuso en mi camino.

Falta un detalle -sugirió- su padre firmó un documento anexo por el cual no solo debía saldar la deuda económica, sino que en previsión de que no se volviera a producir una situación de retraso en el pago, era preciso ofrecernos un trozo de dedo para que siempre recordara quienes somos.

No admitieron discusión.

Por lo menos me permitieron elegir.

Y les ofrecí el meñique.


Camino

Su padre es un tal José Luis y al final he podido dar con él.

Vive en un pueblo de Albacete. Trabaja en un bar. No hay duda, esa nariz, ese mentón, esos andares. Es su padre.

Hoy he entrado en el bar. Le he dado conversación, le pregunto por el tiempo, por el equipo de futbol y cuando creo que baja la guardia, le explico que soy del programa “La Mirada atrás” del canal 16 de Telepopular y le estamos buscando por encargo de su hijo. 

Se queda paralizado.

-Se equivoca señorita -me responde- yo no tengo hijos.

Intento hablar con él, pero me rehúye.

Consigo calmarle para convencerle que vaya al plató.

-¿Querría ir al programa a dar su versión?

Por fin sereno, me responde,

-La vida no es una versión, sino un camino y yo ya no puedo desandarlo.

No me pasa nada

Me considero una persona bastante sociable, sin estridencias. Me gusta conversar y escuchar. Quedar con amigos y familiares. Me relaciono con facilidad en el trabajo, en mi vida social, incluso con vecinos, cuñados y demás especímenes «peligrosos». Estoy abierto a nuevas experiencias.

Pero cada día disfruto más de la soledad. De mi tiempo y de mi propio espacio. Un espacio que aprovecho de muchas maneras gratificantes para mí.

La mayor parte de la gente lo entiende, pero no todos. Cuando rechazo un plan, sencillamente porque me apetece estar solo, siempre escucho el consabido ¿estás bien? Yo se que lo hacen con buena voluntad, pero esa creencia de que cuando uno pide estar solo es porque algo le sucede, no siempre es cierta.

Comprendo que habrá ocasiones -no lo dudo en absoluto- en las que necesitamos la soledad por muchas y fundadas razones emocionales.

Pero hay otras tantas, en las que simplemente queremos disponer de nuestra soledad, para disfrutarla.

Por eso cuando alguien me pregunta qué tal estoy, contesto diciendo que no me pasa nada y que me gusta estar solo.

Así de sencillo.

El misterio del turrón

Había desaparecido el delicioso turrón de chocolate. Mi padre bramó y miró a mi madre. Está gritó y miro a mi hermano mayor, el cual de inmediato, señaló a mi hermano mediano, el cual velozmente me señaló a mí y yo sin dudar, señalé con mi dedo acusador al perro.

Todos miramos a Rufo, nuestro Terrier, que compungido se dirigió al cuarto del abuelo Matías, que roncaba como un poseso. Sobre su mesita de noche se encontraba parte del envoltorio del turrón.

Una vez despierto de la siesta, mi madre y mi padre, entraron en el cuarto del abuelo, no tanto para recriminarle que se comiera el turrón, sino para advertirle de los peligros de ciertos excesos a su edad. El abuelo les dijo que estaba muy rico, pero que él no lo había cogido y que la tableta la había traído Rufo en su boca porque seguramente alguno de los chicos se la habría dado, ya que Rufo no podía subir a la despensa y él apenas podía caminar.

Entonces mi padre bramó y culpó a mi madre, ésta señaló a mi hermano mayor, al cual le faltó tiempo para señalar a mi hermano mediano, que no tardó nada en señalarme a mi y… bueno, creo que lo importante no era el turrón, sino la necesidad de culpar a alguien de las frustraciones reales o ficticias.

Así que asumí mi culpabilidad y guardé como un secreto, la imagen de mi abuelo con el bastón en alto, intentando tirar el turrón que estaba en el estante más alto de la despensa.

Y lo consiguió. Luego Rufo agarró delicadamente el turrón en su boca y acompañó al abuelo hasta su cuarto.

Bueno, falta un detalle y es que entre los tres dimos cuenta del delicioso turrón de chocolate.


variación sobre un texto publicado en 2.019

Cena de trece

Por primera vez en mucho tiempo, la mayoría de la familia coincidió para la cena de Fin de Año.

Padre, madre, abuela, el tio con su mujer y su hija, dos hijos y una hija con sus respectivas parejas y el pequeño de una de ellas (nieto y bisnieto a la vez)

En total trece comensales. ¿Trece?

Fue la abuela Encarna la que dio la voz de alarma, basándose es su proverbial superstición,

-Somos trece, eso trae mal fario, necesitamos ser uno más o uno menos.

Todos se echaron a reír ante las ocurrencias de la abuela, pero pronto se dieron cuenta de que lo decía muy en serio.

Fue Andrés el que intentó mediar con su madre Encarna, la abuela de sus hijos.

-A ver mamá, eso es pura casualidad, nadie va a irse de casa así que relájate y disfruta.

-En ese caso me marcho yo -respondió contundentemente la abuela que vivía en el piso de al lado- ante el asombro de todos, generándose una conversación que fue subiendo de tono hasta convertirse en discusión, en la que salieron rencillas recientes entre hermanos, con sus padres y hasta con el tío.

Para evitar problemas, Juan y Tere su pareja, dijeron que se irian ellos. Pero el tío Julián decidió que serían ellos tres los que se marcharían porque de hecho habían sido los últimos en ser invitados. Marta la madre y esposa de Andrés, añadió que más bien se habían auto invitado, mostrando así su escasa simpatía por el hermano de su marido. Lo que soliviantó aún más a éste.

Esa crítica al tío, levantó ampollas en Pablo, que era su ahijado y hoy defensor del tio Julián. Explicó que no podía ser que mamá y la abuela criticasen a su hermana Olga y su pareja Nacho, durante todo el año y ahora les invitaran a la cena. Olga saltó como un resorte, mencionando algunas lindezas de Isabel, la pareja de Pablo. A lo que éste replicó que había decidido marcharse.

Mientras tanto, Javi guardaba silencio pues, al ser el padre del pequeño Iker, entendió que ellos no deberían moverse. Fue entonces cuando su mujer Adelina dio un golpe en la mesa y dijo que ellos tres se marchaban, que eso era un vergüenza y que no quería formar parte de esa pantomima familiar.

Llantos, gritos, insultos, todo se cruzó sobre la mesa.

Hasta que finalmente de manera súbita, se hizo el silencio, todos se miraron y acto seguido, comenzaron a reir a carcajadas, mientras mirando a la abuela Encarna le confesaban que, conscientes de que iba a poner pegas a los trece comensales, dado lo supersticiosa que era, habían decidido gastarle esa broma para que comprendiera que no pasaba nada, que los trece merecían estar allí y que eran una familia unida y muy divertida.

Todos se felicitaron por lo bien que habían representado sus papeles en la escena del enfado colectivo.

Entonces Andrés se levantó y propuso un brindis:

-Por la abuela, por la Navidad y por el sentido del humor…

Pero la abuela tenía la cabeza gacha y cuando Andrés se la tocó, está se desplomó sobre el plato sopero.

La abuela había muerto.

Presos de un enorme disgusto decidieron acostarla en una cama, porque desde luego no iban a interrumpir la cena de fin de año. Además los entrantes estaban listos y el cordero en el horno a punto de terminar el proceso de asado.

Andrés volvió a decir,

-Brindo por la abuela. Es curioso porque al final -y en su honor- seremos doce en esta comida.

Y todos chocaron entre sí sus copas, en medio de una gran algarabía.

A punto de terminar la cena, cuando el sabroso cordero llegaba a su fin, Javi y Juan le preguntaron a su padre,

-Oye papá ¿Cuándo vamos a avisar por lo de abuela?

Andrés se quedó pensativo un instante, pero contestó con rapidez y reflejos:

-Pues «ya si eso» cuando termine el programa de fin de año en la tele, que me han dicho que va a estar de lujo.

Y dieron paso a las uvas y al cava, porque estaban a punto de comenzar las doce campanadas, preámbulo de una noche de diversión y entretenimiento, mientras la abuela descansaba eternamente en el cuarto de invitados.


Imagen de Alexander Fox | PlaNet Fox en Pixabay

Viaje por los pueblos de España

El plato Malcocinado (Badajoz) me produjo un Tembleque (Toledo) y me causó un Montón (Zaragoza) de molestias, que casi veo a La Hija de Dios (Avila).

No quería correr más Peligros (Granada), así que caí con los Codos (Zaragoza) sobre la mesa mientras olía como a Cenicero (La Rioja), o peor aún, como si fuera el Meadero de la Reina (Cádiz).

Pasé junto al Pozal de las Gallinas (Valladolid) donde me tomé un Pepino (Toledo) y eso que decían que la gente de allí era muy Chulilla (Valencia), pero a mí a Ingenio (Gran Canaria) no me gana nadie.

El caso es que tiene Guasa (Huesca) porque tras un rato en Espera (Cádiz), me tome un poco de Pancrudo (Teruel), acompañado por un Parderrubias (Pontevedra), a las que les tenía Cariño (A Coruña), y me acordé de mi Buenamadre (Salamanca) y Las Torres de Cotillas (Murcia) que tanto la criticaban.

Así que decidí irme a Puerto Seguro (Salamanca) para buscar a mi Consuegra (Toledo), pero tardé demasiado pues fui solo Aveinte (Avila), y como vi muchas Calaveras (León), di por finalizado mi viaje, porque no quería bajar a Los Infiernos (Murcia).

Aunque antes me dio tiempo a comprar lotería de Navidad en El Gordo (Cáceres).

Sesgo algorítmico

El profesor Lerwick definía los algoritmos como un grupo finito de operaciones organizadas de manera lógica y ordenada para solucionar un determinado problema. 

Y así lo explicaba en las universidades y escuelas de negocio, a través de unas charlas entre el interés, incluso aplausos, de un público enfervorizado, aunque en la mayoría de los casos, no comprendieran bien el concepto.

Convencido de que ese ordenamiento secuencial de los procesos disminuía el rango posible de errores, lo aplicaba a todo suceso o previsión fuese económico, tecnológico, o en general a cualquier ámbito humano, poniendo algunos ejemplos mundanos incluso divertidos sobre algoritmos aplicados a las relaciones sociales, personales, incluso sexuales, etcétera.

Tan ensimismado estaba Lerwick en su cerebro algorítmico, que cuando salió del restaurante donde le obsequiaron con una opípara cena, no se percató de que el semáforo estaba aún en rojo para los peatones puesto que la secuencia nocturna difería de la diurna en 20 segundos y de que el autobús de las 22:43 llevaba un retraso de 6 minutos y 12 segundos.

El golpe fue tremendo.

Una de las personas que le atendió, explicó a la policía, que justo antes de perder el conocimiento, Lerwick dijo:

-Mierda, esto es lo que se llama un sesgo algorítmico.

A lo que esa persona le respondió:

-Yo creo más bien, que usted ha cruzado la calle sin mirar.