Conexiones

Hace unos días estaba viendo una exposición de arte contemporáneo cuando leí la reseña de un autor en la que decía, que exponía sus obras de manera desnuda y descarnada, exponiendo sus intimidades, como hacen día a día muchas personas en las redes sociales, con la intención de presenciar las reacciones y opiniones de las personas que lo están viendo.

Me pregunto si puede un objeto transmitir las emociones que el autor ha intentado plasmar. Y la respuesta es sin la menor duda, un sí rotundo.

Me hago la misma pregunta respecto del contenido que publicamos en las redes sociales y sin embargo me asaltan muchas dudas. No todo lo publicado es emocionalmente neutro, porque va dirigido en muchos casos premeditadamente  a otros.

Por eso me cuesta entender las conexiones que al autor intenta manifestar entre ambas situaciones.

Un descuido

Con la llegada de la primavera, planteamos un viaje a Peñíscola donde tenemos un pequeño apartamento al lado de la playa. Apenas vamos en invierno, porque no está preparado para el frío y sobre todo para la humedad invernal.

Preparamos la maleta para disfrutar de unos días de relax alejados de la rutina. Y así de paso preparar el apartamento para los meses de mejor clima en los que sin duda iremos con más frecuencia. A la llegada subimos sonrientes y con ilusión. Los niños y el perro subieron por las escaleras velozmente. Nosotros por el ascensor más pausadamente con todo el equipaje.

Al entrar abrimos las ventas para que entrara la suave brisa de mayo. Fue al subir la persiana de la terraza cuando contemplamos con estupor lo sucedido. Fue tremendo. Allí yacía el cuerpo del abuelo Nicanor. Nos lo dejamos en nuestra última visita hacía siete meses.

Que desastre. Y lo peor de todo, tampoco había cervezas ¡¡¡

La primera vez

Me llamo Lucía y tengo quince años. En el colegio nos han dado otra charla de educación sexual. Yo ya he hablado de esas cosas con mi madre, pero sin entrar en mucho detalle. En clase hay compañeras que ríen y otras que se ponen algo rojas. Los chicos van de sobrados, algunos presumen de lo que no conocen.

Nos hablan del aparato reproductivo femenino y masculino, del coito, de las precauciones a tomar, de los riesgos de embarazo o de ciertas enfermedades. Hay sonrisas burlonas y comentarios alguno ingenuos, otros no tanto.

Hoy es miércoles.

El fin de semana anterior, hice al amor por primera vez.

Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá. Excepto Rafa y yo.

Pulso de edad

Creo que soy viejo. No lo digo yo. Ni lo dice mi DNI, lo dicen algunas empresas de selección de personal y algunos headhunters.  Por fortuna, no todos, porque hay excepciones.

En realidad exagero, no te llaman viejo literalmente porque eso sería discriminación, sino que prefieren decir que buscan “otro tipo de perfil”. No importa que encajes en el puesto, que tengas más de veinte años de experiencia, que muestres tus logros profesionales, que hables idiomas, que tengas una carrera y hasta un máster, no importa que tengas habilidades sociales o directivas, facilidad de trato, empatía.  No, simplemente no.

A partir de los 45 años y en algunas profesiones incluso antes, comienzas a ser eliminado de los procesos. Se cuestiona la productividad, la capacidad y hasta la ilusión. Y cruzada la barrera de los 50, ya eres de la “vieja guardia”. Ese es “su punto de vista” corto, retrógrado y limitado.

Es curioso porque cuando yo empecé a trabajar, miraba con respeto y a veces con admiración a mis compañeros ya entrados en años, como gente con experiencia y con conocimientos. Ahora si a los 45 o 50 años no has llegado a un puesto de relevancia jerárquica o directiva parece que no vales, que no eres útil, incluso que has fracasado.

No es un pulso de edades, es un pulso del sentido común y de la dignidad.

Por fortuna, les “parece solo a ellos” porque mi punto de vista y el de mucha gente, es muy diferente.

Del Alma

¿Es que no tuviste bastante? Me robaste la ilusión y la magia y todavía quieres llevarte mi alma. Pero no lo vas a conseguir, por grande que sea el dolor y aunque vea cerca la derrota, mi alma le corresponde a los míos, a los que me lloran. No parca, no. El alma decido yo a quién va a parar y te aseguro que venceré en esa batalla aún sabiendo que es la última.